Quijotadas del personal de la salud

Homenaje a Heandel Rentería Córdoba (QEPD) y a todo el personal de la salud

Editorial Por: Camilo Valencia 26 de junio de 2020
Médico-Heandel-Rentería-Córdoba-trabajador-del-Hospital-San-Francisco-de-Asís-de-Quibdó
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Hoy a propósito de la muerte del médico Heandel Rentería Córdoba, traigo a la mesa un editorial escrito a principios de abril, como Carta abierta al presidente Duque, otros medios lo titularon como ¡El aplauso con fatiga, más que aplauso, suena a burla!

Alguien de mis afectos, bastante cercana al Gobierno, al leer esa carta abierta, dejada así a propósito, me dijo: “Que carta mas absurda”

Dejavou podría re titularse esta extensa carta, pero prefiero que sea una invitación a repensar y a despedir con el corazón, a un profesional al que quisieron pagarle su sueldo, con un título de héroe que hoy, cuando sus compañeros marchen tras su ataúd, no le servirá de nada, ni a su familia, ni a sus amigos, ni a su necesitado Chocó natal, ni a la humanidad que día a día clama por profesionales comprometidos. A continuación aquella carta.

Carta abierta al Presidente Duque

Se me quedó la costumbre de no cerrar las cartas y esta vez tiene más sentido, pues el destinatario, además de su excelencia, son los medios de comunicación.

Mi quehacer diario gira en torno a la educación superior y sé lo difícil que es alcanzar un título universitario, pero el señor presidente, no sé si por error o por comodidad, ha decidido con la resonancia de algunos medios, graduar de héroes a demasiada gente, hablo en este caso de los médicos y todo el personal de la salud que hoy con asombrosa determinación hace frente a una pandemia. ¿Es por ser ellos la primera línea de contención que han decidido llamarles héroes? Sorprende, por decir lo menos, la solvencia con que gradúan ustedes a la gente, sobrecoge esa facilidad pasmosa, casi cómoda, que no admite envidiarle nada al vecino bolivariano, ascendiendo generales.

No son héroes ni el ingeniero ni el maestro de construcción que reparan un puente, que por mal hecho y peor interventoría se cae o amenaza con caerse. No es héroe el abogado que se enfrenta en los estrados judiciales a los corruptos. No es héroe el profesor que con esmero se trasnocha calificando exámenes de sus estudiantes. No es héroe el corajudo obrero que se cuelga de un arnés a gran altura para lustrar las fachadas de los edificios. No es héroe el periodista que cubre orden público ni el corresponsal de guerra. Ellos son, por su elección, profesionales comprometidos que hacen con honestidad su oficio, como muchos otros profesionales en nuestro país.

Los médicos en Colombia van hoy a la guerra contra el virus sin más armas que su conocimiento, su compromiso, su profesionalismo y las oraciones suyas y las de los suyos. Ellos hicieron el juramento hipocrático y a fe que lo están cumpliendo.

Quienes con afecto recordamos al Quijote, vemos en la lejana Mancha a un hombre que salía a enfrentar sus alucinaciones armado de un yelmo, una lanza y una armadura, que le servían de protección, ese quijote era un suicida, el más famoso de la literatura castellana, pero no recordamos que se le haya dicho héroe con propósitos elogiosos, si se le llamó así fue como burla. No hagamos lo mismo con nuestro personal de sanidad que ante el acoso de la enfermedad son quijotes y además suicidas, quijotes por elección personal y suicidas porque no les damos otra opción, cada vez se lo hacemos más difícil. Los elementos indispensables para protegerlos están hoy tan escasos en el mundo, como el sincero propósito de acabar la corrupción en nuestro país. Esos productos están sometidos a la rapiña internacional, donde coincidencialmente, como en Colombia, se hace gala del “sálvese quien pueda”

Saben y sienten los médicos y funcionarios de la salud que ese tratamiento de héroes no es otra cosa que un manoseo desconsiderado, se le olvida al señor presidente que ellos tal vez sí quieran ser héroes, pero para sus familias, y téngalo por seguro, ya lo son. No graduemos de héroes a quienes estamos condenando como víctimas. Ellos no quieren desfilar aplaudidos por un pueblo en la estrechez, oscuridad y soledad de un pomposo y pesado sarcófago. Ellos quieren los abrazos libres y vivificadores de los suyos más que nada en este mundo. Esto ha sido evidenciado hasta las lágrimas por médicos, enfermeras, camilleros, administradores y hasta el propietario de alguna IPS que ante la impotencia lloró, el mundo se enteró y a nadie le importó.

Esos extraordinarios seres humanos, si usted prefiriere así llamarlos, están enfrentados al mortal COVID-19 y además a la abominable corrupción, la maldita indolencia, la indescriptible inhumanidad del sistema y las ARL que por alguna razón tiene pagos atrasados hasta de catorce quincenas, el inhumano abandono, la demoledora discriminación y la endemoniada burocracia. Como si todo esto fuera poco, hay funcionarios de la salud que además están enfrentando a los indeseables e indolentes gota a gota, quienes les han sacado de apuros primero y los ojos después.

Muchos de los médicos y demás funcionarios de la salud están viviendo separados de sus familias para evitar contagios, este es un acto infinito de responsabilidad y amor. A esos seres, hoy en sus hogares los echan de menos pero mañana los echarán del todo, si les seguimos dando de lo mismo, abandono, olvido y, sobre todo… coba.

Ellos no necesitan ser héroes, pero tampoco tienen por qué ser los sacrificados. Es una actitud infame, cuando menos, declararlos héroes para ocultar su condición de víctimas, esa a la que en realidad están abocados. No queremos mausoleos llenos de héroes, queremos profesionales comprometidos y felices con su oficio, con sus hogares y con los suyos.

Sabe Dios cuánto me emociona la labor estoica de ellos, pero concluyo que el presidente estaría en problemas serios para encontrar nuevos eufemismos. Si da al Cesar lo que le toca y al personal sanitario, en vez de quemarles incienso les da herramientas suficientes para su hoy más que nunca, peligroso oficio, a ellos a quienes hoy llama héroes por ser íntegros y recursivos sin pago, sin overoles, sin batas quirúrgicas sin caretas y sin tapabocas, ¿cómo les va a llamar cuando lo tengan todo y puedan hacer aún mejor su trabajo? Ojalá no se le ocurra llamarlos Apóstoles, porque ahí si serían exterminados por la maldita peste del olvido.

Soy de la época en que los héroes nacían con el don de serlo, pero hoy recordando la canción del soldado aquel, cuando salió del secuestro, “como nos cambia la vida”, encuentro que terminan siendo héroes por la irresponsabilidad del sistema, la indolencia de las ARL y la ineptitud de sus encargados. Nuestros profesionales de la salud no son tontos, pero pretendemos tratarlos como si lo fueran. Podremos cerrar los ojos y no mirar el fuego, podremos taparnos la nariz y no oler el humo, ¿pero cómo ignorar las llamas cuando es nuestra nalga la que arde?

No solo de aplausos vive el artista, como dirá el cirquero angustiado por estos días, los funcionarios sanitarios no son cuerpos gloriosos, todos ellos preferirían ser tratados con dignidad humana a cambio de adulaciones que no sirven para pagar las obligaciones ni resucitan muertos, muertos que son hoy pocos y mañana muchos, si no entendemos que esos héroes, que hoy como tal graduamos, son los primeros a rescatar de la irresponsabilidad, el olvido, la corrupción y la ineptitud con que los enviamos a hacer lo que sea por nosotros, sin las más elementales garantías.

Señor presidente, en sus manos está, aún puede evitar que nuestro país, además de muy adolorido, salga más desprestigiado aún que la apocalíptica Colombia en los delirios y decires de Macías.

Mis emocionados aplausos para ellos, no por ser héroes sino por cumplir como se debe. Ciudadanos ejemplares de los que tienen bastante que aprender muchos de nuestros gobernantes quienes, cuando les dictaron la clase de ética, no asistieron, quizás porque andaban paseando con los dineros de la junta comunal, lugar aquel donde hacen casi siempre sus primeros “pinitos y sus pilatunas” palabrejas que con la experiencia se tornan en “pillitos y sus peculados”.

¡El aplauso con fatiga, más que aplauso, suena a burla!

 

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