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Suicidio y vacío existencial

Editorial Viviana Arboleda 15 de septiembre de 2022

El pasado 10 de septiembre se conmemoró el Día Mundial de Prevención del Suicidio. Como parte de su labor, las organizaciones que abordan la temática desarrollan actividades durante todo el mes en distintos escenarios: barrios, instituciones educativas, espacios académicos, medios de comunicación y otros. Estas se extienden al resto del año, en aras de generar conciencia respecto a esta problemática. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año se suicidan alrededor de 700.000 personas, siendo esta la cuarta causa de muerte en la población juvenil entre los 15 y 19 años.

El suicidio es más que un problema de salud pública. Constituye la decisión de una persona en la que confluyen múltiples aspectos de tipo biológico, psicológico, social y espiritual. La depresión es el principal factor de riesgo de suicidio. Respecto a esta condición, que afecta de manera directa el estado de ánimo de la persona, es importante reconocer sus matices y diferencias.

No existe un solo tipo de depresión. Los manuales diagnósticos y estadísticos hacen referencia especialmente a la depresión de origen orgánico, es decir, aquella en la cual se presentan desequilibrios bioquímicos que generan las afectaciones anímicas. Algunas de las más documentadas son las disfunciones en los sistemas de neurotransmisión asociados a la serotonina, al glutamato y al ácido gamma-aminobutírico (GABA). Otro tipo de depresión es la psicógena, en la cual se presentan afectaciones en la manera como la persona procesa la información. Entretanto, existe la depresión reactiva, la cual es el resultado de la manera como la persona vivencia una situación límite, como la pérdida de un ser querido o un evento traumático, que pone a prueba sus estrategias de afrontamiento.

Estas depresiones abarcan factores biopsicosociales. No obstante, especialmente en la posmodernidad, emerge otro tipo de depresión, una que trasciende la bioquímica del organismo, la psicogénesis y las experiencias en contexto. Se trata de la depresión noógena, es decir, aquella que es el resultado de un vacío existencial, de una carencia de sentido de vida para la persona. Como lo he mencionado en otras columnas, el sentido de la vida implica descubrir un para qué vivir, una misión o tarea que moviliza la existencia. En la actualidad, es posible observar a muchas personas que, pese a tener condiciones de vida adecuadas, no saben para qué están aquí.

¿Qué podemos hacer si un familiar, amigo o persona que conocemos nos expresa que su vida no tiene sentido? En primer lugar, es fundamental escuchar a esa persona, desarrollando una actitud de apertura hacia ella y demostrándole interés genuino sin escandalizarnos. La mayoría de las personas que contemplan quitarse la vida dan, en alguno o varios momentos, muestras de sus intenciones. Sin embargo, es posible que no expresen abiertamente sus sentimientos por temor a ser juzgadas. Si bien es cierto que los seres humanos interpretamos la información que recibimos, colocar entre paréntesis nuestros juicios facilita que la otra persona se exprese y se sienta comprendida, ampliando su campo fenoménico para identificar una o más salidas que no guarden relación con acabar con su vida.

Además de escuchar, en el diálogo podemos ayudar a la otra persona, a través de breves preguntas, a descubrir algo que la motive a vivir. Por ejemplo, el emprendimiento de un proyecto con el que siempre ha soñado, la consecución de una meta que en algún momento abandonó, la presencia de seres queridos que necesitan de su existencia, así como otras posibilidades que, aunque quizás no haya contemplado, están ahí para ser realizadas solamente por aquella persona.

Con base en lo anterior, es menester que desarrollemos nuestra capacidad para comprender, con el fin de ayudar a otros a encontrar un para qué vivir. Hagamos esto desde el corazón, estando muy atentos a la otra persona y dándole, no solamente parte de nuestro tiempo, sino parte de nuestras almas, reconociendo que una conversación puede ser la diferencia entre una decisión suicida o salvar una vida.

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