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Esta es la trágica y extraña historia de cómo le robaron el cerebro a Albert Einstein

Durante décadas, el cerebro de Albert Einstein estuvo guardado dentro de una caja etiquetado como «sidra», debajo de un refrigerador de cerveza en un rincón del laboratorio de un hombre.

Actualidad y economía El Mundo al Instante 15 de octubre de 2022

Durante décadas, el cerebro de Albert Einstein estuvo guardado dentro de una caja etiquetado como «sidra», debajo de un refrigerador de cerveza en un rincón del laboratorio de un hombre.

Conocido sobre todo por desarrollar la teoría general de la relatividad, E = mc2, y la ley del efecto fotoeléctrico, Albert Einstein tuvo un final que muchos desconocen. En la madrugada del 18 de abril de 1955, a la edad de 76 años, el físico ganador del premio Nobel murió en el Hospital de Princeton, en Nueva Jersey, Estados Unidos. Thomas Harvey, el patólogo de guardia esa noche, tras realizarle la autopsia para determinar su causa de muerte –un aneurisma aórtico abdominal–, sencillamente, sin permiso, tomó el cerebro del célebre físico.

Einstein no quería que se estudiara su cerebro ni su cuerpo. «Quiero ser incinerado para que la gente no venga a adorar mis huesos», había dicho a su biógrafo. Pero Harvey se llevó el cerebro de todos modos para estudiarlo, sin el consentimiento de Einstein ni de su familia. Y lo que es más controvertido aún: durante 45 años Harvey guardó la mayor parte del cerebro en un frasco.

Hoy día, casi setenta años después, el único lugar permanente para ver piezas del cerebro que cambió el mundo es el Museo Mütter de Filadelfia.


¿Cómo logró Harvey llevarse el cerebro de Albert Einstein?

Unos días después de la cremación de Einstein, su familia se enteró de que el cuerpo no estaba completo. Para entonces, Harvey se las arregló para solicitar una bendición reticente y retroactiva del hijo de Einstein, Hans Albert, con el fin de averiguar qué hacía que su mente fuera tan brillante, para publicar su hallazgo en breve.

Según reportó National Geographic, tras el suceso, Harvey no tardó en perder su trabajo en el hospital de Princeton y se llevó el cerebro a Filadelfia, donde lo cortó en 240 piezas y lo conservó en celoidina, una forma de celulosa dura y gomosa. Posteriormente, dividió los trozos en dos frascos y los almacenó en su sótano.

 Un ejemplar del cerebro de Albert Einstein se encuentra en el Museo Mutter del Colegio de Médicos de Filadelfia
Pero ahí no termina la historia: en lo que probablemente constituya en el giro más extraño de esta, Harvey, después de que su esposa lo amenazara con deshacerse del cerebro, se lo llevó a Wichita, Kansas –donde trabajó como supervisor médico en un laboratorio de pruebas biológicas– y guardó el cerebro en una caja de sidra escondida bajo una nevera de cerveza.

Muestras del cerebro dentro de un tarro de mayonesa

Así, durante décadas, y a pesar de su promesa inicial, Harvey nunca publicó ningún artículo científico sobre el cerebro de Einstein. Y no fue hasta 1978, cuando el reportero Steven Levy investigó para el New Jersey Monthly y conoció a Harvey, cuando se supo qué había pasado con el cerebro.

Según reportan varios medios, Harvey, después de trocear el cerebro del célebre físico, envío a diferentes lugares partes de este. Y según informó la BBC, Harvey hasta llegó a enviar por correo cuatro muestras del cerebro, del tamaño de un terrón de azúcar, dentro de un tarro que solía contener mayonesa «Kraft Miracle Whip».

No fue hasta el año 1985, cuando Harvey y sus colaboradores en California publicaron el primer estudio sobre el cerebro de Einstein. En él se afirmaba que tenía una proporción anormal de dos tipos de células, las neuronas y la glía. A este estudio le siguieron otros cinco, en los que se informaba de otras diferencias en células individuales o en estructuras concretas del cerebro de Einstein.

Sin embargo, los estudios fueron controvertidos y Terence Hines, profesor de psicología de la Universidad de Pace, los calificó de falsos. Hines, posteriormente, presentó un póster en la reunión anual de la Sociedad de Neurociencia Cognitiva en el que describía todos los defectos de cada uno de los seis estudios.

 Diminutos electrodos metálicos son colocados en la cabeza del famoso científico Albert Einstein para recoger los impulsos de su cerebro y ampliarlos y grabarlos para su estudio. El Dr. Alejandro Arellano está sentado junto a Einstein en esta foto de archivo de septiembre de 1950 en Princeton, Nueva Jersey.
Años más tarde, en 1999, Harvey y sus colaboradores canadienses consiguieron que el cerebro de Einstein apareciera en una de las revistas médicas más prestigiosas, The Lancet. Basándose en una antigua fotografía del cerebro de Einstein, antes de ser cortado, los investigadores afirmaron que Einstein tenía un patrón de plegado anormal en partes de su lóbulo parietal, que es la parte que está vinculada a la capacidad matemática.

No obstante, una vez más, la comunidad científica no estaba convencida. Así, aunque los autores se apresuraron a relacionar estas supuestas diferencias con la destreza matemática de Einstein, el mismo Hines señaló, por ejemplo, que éste no era, de hecho, un gran matemático.

El cerebro de Einstein: «Casi como una maldición»

«Hay una diferencia abismal entre un cerebro vivo y un cerebro muerto», explicó, por su parte, Anna Dhody, conservadora del Instituto Mütter, que ahora alberga muestras del cerebro de Einstein, al Smithsonian Magazine.

«Un cerebro vivo tiene una cantidad infinita de cosas que se pueden estudiar y aprender. Lo que se puede aprender de un cerebro muerto es bastante limitado», agregó.

Aunque las intenciones de Harvey al llevarse el cerebro pueden debatirse, lo que sí quedó claro es que su decisión en 1955 no tuvo un impacto especialmente positivo en su vida. Y es que, fuese cual fuese su interés –ya sea científico o un simple afán de fama–, ningún estudio sobre el cerebro de Einstein logró llegar a buen puerto. Es más, todo parece indicar que no tenía nada en especial.

«Es bastante obvio que ese cerebro era casi como una maldición para Harvey», aseguró Dhody.

 

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