La extraña moda de trasplantarse testículos de mono para conseguir la eterna juventud

General El Mundo Al Instante 14 de noviembre de 2020
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Durante los años 20 muchas personas empezaron a atribuir propiedades rejuvenecedoras al semen, lo cual acabó conduciendo a una nueva y peculiar moda: los trasplantes de testículos.

En los años 20, el médico Serge Voronoff se dedicó a realizar una serie de extrañas cirugías y, lo que es más sorprendente, las puso de moda. El procedimiento era relativamente sencillo: tomaba los testículos de un mono y los introducía en el cuerpo de un humano. La gente hacía cola para ponerse en manos del doctor Voronoff, pero no por capricho. El motivo era mucho más profundo, porque con esas operaciones el médico ruso prometía “curar” la vejez. La eterna juventud parecía posible y consistía en testículos de mono.

Si leemos esto desde nuestras poltronas del siglo XXI corremos el riesgo de tachar la idea de “locura” y no iríamos del todo desencaminados, pero estaríamos siendo algo injustos. De algún modo aquel galeno consiguió meterse en el bolsillo a miles de personas, muchas de ellas con una brillante trayectoria académica. ¿Cómo es posible? ¿Acaso tenía el doctor Voronoff buenos motivos para defender su estrambótica hipótesis?

Un maestro de prestigio

La fama de una persona no siempre depende de su trayectoria, a veces (al menos en sus inicios) se fundamenta en la fama de sus maestros. En parte, ese es uno de los motivos por los que quienes se doctoran bajo la tutela de un ganador del premio Nobel suelen ganar ese mismo premio con más frecuencia que el resto de los investigadores. En el caso del ruso, tuvo como maestro a uno de los médicos más afamados del siglo pasado, el fisiólogo Brown-Séquard. Sus contribuciones al estudio del funcionamiento de la médula espinal y a la circulación extracorpórea fueron determinantes y le valieron de un renombre que perduró de por vida y permeó en sus pupilos más allegados.

Voronoff había abandonado Rusia para estudiar medicina en Francia y allí conoció al eminente fisiólogo. Pronto se puso a sus órdenes y entabló buena relación con él. Sin embargo, el camino de Voronoff estaba, ya no en otro país, sino en otro continente. Decidió mudarse a El Cairo y dedicarse allí a la medicina. Puede parecer un detalle sin importancia, pero la historia de un sabio que viaja por tierras exóticas hasta dar con un conocimiento arcano es recurrente porque funciona. Nos recuerda a aquellos filósofos griegos que viajaban por las orillas del mediterráneo recorriendo desde Italia hasta Egipto y que, cuando volvían a su tierra, habían cambiado y eran más sabios que antes. Siguiendo el cliché a la perfección, Voronoff volvió a Europa una década después con un conocimiento que podía cambiar el futuro de la humanidad: creía haber dado con el secreto de la eterna juventud.

El secreto de los eunucos

En Egipto había tenido la ocasión de ver eunucos. Varones adultos que, siendo niños, habían sido castrados. A Voronoff le llamó la atención que no hacía falta explorar las intimidades de un eunuco para conocer su condición. Todos ellos parecían tener ciertas características físicas comunes. Eran tendentes a la obesidad (del mismo modo que lo son los animales castrados, como los bueyes o los capones), a la calvicie, pobre musculatura, problemas de memoria, dicho de otro modo: parecían envejecer siendo muy jóvenes. Por supuesto, esta constelación de hechos puede interpretarse de formas muy variadas, por lo que lo más prudente sería suspender nuestro juicio hasta encontrar más pruebas. Sin embargo, el hacer de Voronoff era otro y no dudó en establecer una hipótesis clara: los testículos eran responsables de mantener la juventud.

Desde la perspectiva de Voronoff estaba claro. Cuando se le retiraban las gónadas a un infante, este empezaba a envejecer a paso acelerado, por lo que los testículos debían de estar jugando un papel en evitar la decrepitud anticipada. Ya en Europa, trabajando de nuevo con su antiguo maestro, Voronoff y Brown-Séquard afinaron la hipótesis un poco más. Plantearon que, en concreto, la clave estaba en las hormonas producidas por los testículos. Con la edad iban disminuyendo, haciendo que envejeciéramos, del mismo modo que al extraer los testículos estas desaparecían de forma abrupta. Su teoría endocrina, dio lugar a una terapia experimental no apta para todas las sensibilidades.

Los jugos secuardianos

Lejos de los sofisticados preparados farmacéuticos que tenemos en nuestros tiempos, decidieron tomar esperma e inyectándolo directamente en sangre. Lo probaron primeramente en cobayas, y algo debieron de ver, porque pronto pasaron a usarlo en humanos. Los jugos secuardianos, que así se llamaron, crecieron rápido en popularidad. Tanto que aparecieron sucedáneos de poca confianza los cuales estaban hechos con todo tipo de flujos obtenidos de animales ya fueran vivos o muertos. Era una técnica tan peligrosa que parece demencial que alguien pudiera caer en ella, pero es lo que tienen las modas y la aparente autoridad que emana de la gente con bata blanca.

Para Voronoff, aquello era un éxito y, posiblemente, una puerta hacia la grandeza, por lo que pensó cómo mejorar el producto. Las inyecciones parecían resultar, pero su efecto perduraba solo el tiempo que se mantenía el semen en sangre. Necesitaba algo más permanente. A fin de cuentas, los jóvenes tenían testículos funcionales que se aseguraban de mantener las hormonas más o menos constantes. ¿Por qué no trasplantar entonces esas fuentes de eterna juventud a un cuerpo avejentado? Así lo pensó y así lo hizo. Voronoff comenzó a operar a ancianos adinerados para introducir en su cuerpo testículos jóvenes, concretamente los de presidiarios recientemente ajusticiados. Aquellos no fueron los primeros experimentos de Voronoff, ni mucho menos. Antes de aventurarse en humanos hizo lo propio con animales e incluso probó otras técnicas del momento, como derivar el flujo de los testículos directamente hacia la sangre. No obstante, el camino estaba en el trasplante a humanos, pero aún quedaba otro giro que dar.

De maleantes a monos

La prensa presentaba a Voronoff como un éxito sin precedentes y, no importaba cuán costoso fuera su tratamiento, siempre parecía haber más millonarios buscando la eternidad que pobres diablos amortajados a la fuerza. Necesitaba otra forma de obtener testículos y una serie de casualidades le llevaron a la respuesta: monos. Por aquel entonces no despertaba demasiados escrúpulos criar monos como si fueran gallinas para luego sacrificarlos o mutilarlos. La bioética es algo que, por desgracia, no tomó fuerza hasta que vimos las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, por lo que el destino de unas docenas de monos no le preocupaba demasiado a nadie.

Por supuesto, aquellos tratamientos no tenían la menor eficacia. El aparente rejuvenecimiento podía deberse al ataque de nuestro sistema inmunitario, preocupado por la introducción de un cuerpo extraño que no reconoce como suyo, fuera semen en sangre o el órgano de un animal (un xenoimplante, que se dice). Estas “defensas” podrían producir, entre otras cosas, una inflamación generalizada que alisaría las arrugas del rostro. No obstante, esto explica más bien poco y las reacciones inmunitarias consecuentes a estos procesos tendían a ser mucho más graves e incluso mortales. El verdadero origen de esos supuestos beneficios era pura sugestión, ni más ni menos. Ver aquello que querían ver. De hecho, el traje nuevo del emperador acabó esfumándose, exponiendo a Voronoff ante un ridículo que hundió su carrera. Así es como nació la idea de curar la vejez trasplantando testículos de mono.

No tan ajeno como parece

Viendo el desarrollo paso a paso sigue pareciendo bastante desquiciante, pero mucho menos que cuando solo leemos el titular. Es más, cuanto más sabemos sobre aquellos hechos más los podemos normalizar, incluso sabiendo que eran absurdos, y eso nos habla sobre nosotros y nuestro presente.

En la bullente actualidad es difícil verlo todo con perspectiva. Suceden demasiadas cosas al unísono y la información todavía está viva y coleando. Nos da la sensación de que hay más de todo que hace unas décadas, porque, como es de esperar, de aquellos tiempos solo recordamos las cosas más remarcables. Puede que parezca extraño que haya tanta desinformación, bulos y pseudociencias en la era de la información, pero por lesivos que sean, si echamos la vista atrás veremos que son una parte difícilmente separable de nuestra historia. Siempre ha habido ideas peregrinas que se vendían como ciencia, aunque no pasaran de fantasía. En parte es nuestra responsabilidad aprender a trazar la frontera entre una cosa y otra, pero no viene mal recordar que, hace unos años, la pseudociencia se colaba incluso en los quirófanos.

Por: Ignacio Crespo

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