Secretos de la argamasa que levantó el imperio romano

Cultura y espectáculo Pedro Gargantilla M.D. 22 de noviembre de 2020
1028px-Colosseo_2020-kd0B-620x349@abc
El Coliseo o Anfiteatro Flavio, construido en Roma en el siglo I

Túneles, edificios, presas, puentes y otras muchas infraestructuras se realizan empleando hormigón, gracias a su alta resistencia a las vibraciones y a las temperaturas

Aunque no se sabe quién descubrió o utilizó el hormigón por vez primera, probablemente su nacimiento tuvo lugar hace 12.000 años cuando restos de caliza quemada reaccionaron con esquisto bituminoso.

Es fácil imaginarnos a nuestros antepasados junto a un fogón, charlando y contando historias, el fuego entraría en contacto con piedras calcáreas, yeso y arcilla. Las elevadas temperaturas provocaron que la piedra carbonatara y se transformase en polvo.

Seguramente, el último ingrediente llegó horas después en forma de aguacero, la llovizna provocó que el polvo y las piedras se convirtiesen en una amalgama sólida y compacta, forjando el primer cemento de la historia. Un regalo de la naturaleza.

Luego vendría todo rodado. Aquellos hombres primitivos aprovecharon la ocasión y se decidieron a construir el suelo de sus viviendas uniendo caliza, arena, grava y agua, a modo de un cemento muy rudimentario.

De los nabateos al Coliseo

Tuvo que pasar mucho tiempo para que los nabateos –los habitantes de la actual Siria y Jordania- lo utilizaran para construir estructuras arquitectónicas, algunas de las cuales todavía se conservan. Más adelante, avanzando en la sinuosa línea del tiempo, les tocó el turno a los egipcios, que emplearon un mortero de cal y yeso para construir las famosas pirámides de Gizeh.

Sin embargo, fueron los romanos los que utilizaron el hormigón a gran escala, fueron ellos los que lo emplearon en obras como el Coliseo, el mercado de Trajano, el Panteón de Agripa o el puente de Alcántara, en Hispania. Con esta argamasa «construyeron» su imperio.

Se suele decir que Octavio Augusto encontró una Roma de ladrillo y dejó una de mármol, aunque sería mucho más preciso decir que la Roma que cedió fue de hormigón.

La prolongada duración de esos edificios nos hace sospechar que los constructores romanos conocían a la perfección cómo dosificar los componentes de la mezcla y el empleo de técnicas adicionales para mejorar la resistencia del material.

Sin embargo, y a pesar de que fueron muchos los romanos que mencionaron al hormigón en sus escritos -desde Plinio el Viejo hasta Vitrubio, pasando por Catón el Censor-, no ha llegado hasta nosotros su receta exacta.

El secreto está en la masa

Durante siglos el hormigón romano fue un secreto inescrutable. Ha sido preciso recurrir a la fluorescencia y a la microdifracción para desvelar uno de los misterios mejor guardados del Imperio romano.

Ahora sabemos que lo conseguían al mezclar ceniza volcánica con cal –óxido de calcio- y agua del mar. Con esta mixtura lograban un mortero al que después incorporaban roca volcánica –puzolanas-, consiguiendo lo que se conoce como reacción puzolánica.

Finalmente, los huecos de la cal eran ocupados por cristales de tobermorita, al tiempo que el agua marina se filtraba por los resquicios de la roca, reaccionando con los restos de las cenizas volcánicas y contribuyendo a la creación de más cristales. En definitiva, el hormigón romano resultante tenía una consistencia muy parecida a la de una roca. Con la ayuda del hormigón Roma se convirtió en la Ciudad Eterna.

Para finalizar una curiosidad etimológica. El vocablo «hormigón» tiene su origen en el parecido a un bizcocho que se preparaba con almendras, harina, leche y huevos y que se conocía con el nombre de «formigó». Ahí lo dejo…

Te puede interesar