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Donald Trump y el orgullo del mono narigudo

Incapaz de asumir una derrota, se empeñó en difundir el bulo de que las elecciones habían sido fraudulentas. Una mentira más de las 30.000 que, según la prensa especializada, ha dicho en los últimos cuatro años

General Luis Algorri. Vozpópuli 22 de enero de 2021
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Donald John Trump nació el 14 de junio de 1946 en Nueva York, distrito metropolitano de Queens, barrio de Jamaica Estate. Es uno de los cinco hijos de Mary Anne MacLeod y de Frederick Christ Trump, hijo de inmigrantes alemanes (el apellido original de la familia es Drumpf) y poderoso promotor inmobiliario en Estados Unidos durante buena parte del siglo XX.

Donald comenzó a estudiar en el Kew-Forest School, en Queens. Lo echaron por su mal comportamiento cuando tenía trece años. Su padre lo envió entonces a la Escuela Militar de Nueva York, un antiguo internado para niños bajo régimen castrense. Cuando salió de allí, lo enviaron a la universidad de Fordham, también en Nueva York; un severo centro privado regido por los jesuitas (pero Trump es presbiteriano) donde el joven Donald tampoco tuvo demasiado éxito: duró solo dos años. Por último, su padre decidió inscribirlo en la Escuela de Negocios Wharton, de la universidad de Pennsylvania, porque era una de las pocas instituciones que tenía un programa de estudios específicamente dedicado al sector inmobiliario. Donald obtuvo allí un grado en Economía. Era el año 1968. Nunca obtuvo el posgrado.

Es muy importante señalar la relación entre Donald Trump y su padre. Este drama de tintes shakespearianos viene perfectamente relatado en el libro escrito por Mary L. Trump, psicóloga y sobrina del político, que se titula Siempre demasiado y nunca suficiente (publicado en España por Ed. Urano). En síntesis, lo que había era un constante maltrato (físico y psicológico) hacia el muchacho, una total falta de afecto y, esto sobre todo, una exigencia que estaba muy por encima de las capacidades intelectuales del joven Donald, ciertamente limitadas.

A imitación de otras dinastías estadounidenses, como los Kennedy, Fred Trump no quería un hijo; quería un heredero capaz de gobernar el imperio inmobiliario que él había construido. Muerto el hermano mayor, Fred, cayó sobre la cabeza de Donald la responsabilidad de ser no lo que él mismo habría querido ser, sino lo que su padre había decidido que fuese. Y Fred no educó, sino que podría decirse que adiestró a Donald para lograrlo. En ese adiestramiento, siempre según Mary L. Trump, no faltaron la violencia, la competitividad exacerbada, la falta de escrúpulos, la ausencia de empatía y la humillación. Todo esto sufrió y aprendió Donald, y lo convirtió en un ser humano profundamente infantiloide e inseguro; pero tapó siempre esa inseguridad con un ego hipertrofiado, una arrogancia que no conoce límites (no tolera que le contradigan) y una incapacidad casi absoluta para distinguir la realidad de la invención, la verdad de la mentira: Donald Trump se cree de verdad sus propias mentiras.

Cuando su padre, ya anciano, empezó a manifestar síntomas de la enfermedad de Alzheimer, obtuvo de Donald el mismo afecto que él le había mostrado durante toda su juventud: ninguno.

Su carrera como hombre de negocios es una montaña rusa. Siempre a la sombra de su padre, y respaldado por la enorme fortuna familiar, logró éxitos como (es un ejemplo entre varios) la rehabilitación del legendario hotel Commodore, en Nueva York
Su carrera como hombre de negocios es una montaña rusa. Siempre a la sombra de su padre, y respaldado por la enorme fortuna familiar, logró éxitos como (es un ejemplo entre varios) la rehabilitación del legendario hotel Commodore, en Nueva York. Eran los años en que en Nueva York no se ponía ni se quitaba una teja sin el permiso de la mafia, y los colaboradores de Trump reconocen, como la cosa más natural del mundo, que Donald se llevaba estupendamente con ellos, cómo no. Pero también hubo fracasos terroríficos, como el de los casinos Taj Mahal, en Atlantic City, levantado (sobre todo el segundo) gracias a los bonos basura: el hundimiento de aquella locura, en la que Trump se empeñó por puro orgullo y en contra de todos los consejos, se llevó por delante muchas fortunas y muchos ahorros. Pero de nuevo la mafia acudió en su ayuda (siempre según el testimonio de sus colaboradores de entonces) y Trump sobrevivió. Salió de aquello vivo y, de nuevo, rico.

Fue propietario de concursos de misses, equipos de fútbol, carreras ciclistas o campeonatos de boxeo. Este adicto a la comida basura (no se le conocen otras adicciones, salvo el sexo) fue un exitoso presentador de populares programas de telebasura, como El Aprendiz, emitido por la NBC, donde Trump pudo por fin sacar partido a su histrionismo y a su gancho (que lo tiene) en público. Encontró su territorio. Sencillamente, nadie podía creer que aquel señor tan rico y tan importante fuese capaz de comportarse así delante de una cámara, y eso a la gente le hizo gracia. El programa fue un éxito y Trump se hizo muy popular.

Las veleidades políticas de Donald Trump comenzaron a finales del siglo pasado. Intentó una aventura imposible en 2000, con el “Partido de la Reforma”, que se quedó en nada. Apoyó unas veces a los demócratas y otras a los republicanos, no tenía una preferencia clara. Había encuestas que le vaticinaban un notable éxito en caso de que se presentase a algo (a gobernador, a presidente) apoyándose en su popularidad televisiva. Nada más que en eso.

Pero a Trump, como persona y como político, no se le entiende sin la influencia de tres personas: Roy Cohn, Steve Bannon y Roger Ailes. El primero, un abogado sin escrúpulos que falleció de sida en 1986 (un curioso caso de homosexual furibundamente homófobo), le enseñó a no pedir perdón ni a disculparse jamás. Por nada. Cuando te critiquen, ataca tú –le dijo–, y ataca en lo personal. Esa es una de las características fundamentales de la personalidad de Trump: denigrar, insultar y difamar a quien le contradice o a quien piensa de otra manera. Jamás da su brazo a torcer. Jamás reacciona de otra forma.

Steve Bannon, estratega de la campaña presidencial de Trump en 2016, es un personaje legítimamente comparable a Joseph Goebbels, por quien no oculta su admiración. Ha apoyado, impulsado y aconsejado a numerosos partidos europeos de extrema derecha, desde la Liga del Norte italiana (Salvini) hasta los neonazis alemanes. Este supremacista, presidente de la web Breitbart News (a la que él mismo definía como “la plataforma de la extrema derecha”), dejó la Casa Blanca, donde era consejero del presidente, cuando se le pilló robando dinero de las donaciones que enviaba la gente para construir el célebre “muro” que Trump se empeñó en levantar en la frontera con México. Lo último que hizo Trump como presidente fue indultarle.

Roger Ailes, creador de Fox News, es el hacedor de Trump como presidente. Fue quien creó y difundió el mensaje simplicísimo del candidato a presidente
Roger Ailes, creador de Fox News, es el hacedor de Trump como presidente. Fue quien creó y difundió el mensaje simplicísimo del candidato a presidente, quien atizó el odio de las depauperadas clases medias norteamericanas, quien no dudó en difundir (o inventar) mentiras sobre los rivales de Trump, que automáticamente se identificaban como enemigos de América. Fue de lo más comprensivo con el machismo y las acusaciones de abusos sexuales que desde hace años llueven sobre Trump: él mismo, Ailes, fue expulsado de Fox cuando se demostró que llevaba años abusando de las empleadas de la cadena que le gustaban. Falleció en 2017.

Cohn forjó la personalidad de Trump. Los otros dos le hicieron presidente, con la ayuda de los servicios secretos rusos: Putin sabía de Trump muchas cosas explosivas, tanto de su vida personal como de su actividad económica, y no dudó en utilizar a sus espías, a sus creadores de noticias falsas y a sus especialistas informáticos para ayudar a manejar la voluntad de los electores norteamericanos.

La presidencia de Trump es sobradamente conocida. Ha prescindido de los aliados tradicionales de EEUU, especialmente Europa. Ha apoyado a todos los autócratas, dictadores y tiranos que ha podido, desde el temible filipino Duterte al norcoreano Kim Jong-un (que le escribía unas “cartas preciosas”, según él). Ha despreciado la calamidad de la pandemia de la covid-19, que él mismo dice que sufrió… durante tres días. Ha apoyado a todos los movimientos supremacistas y neofascistas de su país. Ha pulverizado (o al menos lo ha intentado) la separación de poderes esencial en la democracia. Ha galvanizado a millones de norteamericanos, que vieron en aquel millonario fanfarrón y antisistema a un líder de las clases medias norteamericanas, empobrecidas por “los políticos”. Ha sacado a su país de la OMS. Ha hundido (con la ayuda de la pandemia que a él le hacía tanta gracia) la economía de EEUU. Y ha dividido a su país como nunca antes desde 1865, cuando acabó la guerra de secesión.

Es el quinto presidente que no ha logrado la reelección en los últimos cien años. Obtuvo, eso sí, 75 millones de votos en unos comicios que batieron todos los récords de participación. Incapaz de asumir una derrota (la influencia de su padre, de Roy Cohn, de Bannon, de Ailes), se empeñó en difundir el bulo de que las elecciones de 2021 habían sido fraudulentas. Una mentira más de las 30.000 que, según la prensa especializada, ha dicho en los últimos cuatro años: casi no ha tenido tiempo para otra cosa. Trump presentó por ello decenas de demandas judiciales. Las perdió todas. Todos los jueces, los gobernadores demócratas y republicanos, las comisiones electorales, congresistas y senadores de los dos partidos, admitieron –antes o después– que lo del fraude electoral se lo había inventado el propio Trump. Todos menos él.

Hizo falta que una turba de exaltados, convocados por el propio Trump, tomasen al asalto el Capitolio de Washington (6 de enero de 2021), profanasen el templo de la democracia norteamericana y provocasen cinco muertos y decenas de heridos, para que el presidente se diese cuenta de que esta vez había llegado demasiado lejos. Reculó. Dijo, sin el menor escrúpulo de conciencia, que condenaba la violencia… que él mismo había instigado. Y aceptó la derrota.

Trump es el único presidente que no ha querido asistir a la toma de posesión de su sucesor desde hace casi siglo y medio. También es el único de todos que ha sufrido dos procesos de impeachment o destitución. La mañana del 20 de enero pasado, humillado y a la vez arrogante, se fue a su mansión de Florida después de decir su última bravuconada: “De alguna manera, volveré”.

El mono narigudo 
El mono narigudo (Nasalis larvatus) es un primate endémico de la isla de Borneo, en el sureste asiático. Se caracteriza por su protuberancia nasal (mucho mayor en los machos; es un símbolo de poderío sexual, no quiere decir que la nariz le crezca mintiendo); por su llamativo color entre dorado y anaranjado (el pelo de la cabeza le llega hasta las cejas), y por su falta de convicciones políticas: lo único que le importa es sobrevivir él, sea como sea.

En su sociedad hay dos niveles claramente diferenciados: el de los machos y el inferior, el de las hembras, a las que los machos utilizan solamente para el coito sin interesarse luego por mucho más.

Suele decirse que el mono narigudo es de carácter apacible y bondadoso. Bueno, pues no es así. Como sucede en otras muchas especies de primates, hay verdaderas trifulcas por ser el macho dominante de la manada. Trifulcas y conspiraciones. El líder, orgulloso y echao p’adelante, tiene que defender su situación cada vez que a un joven crecido e impetuoso le da por desafiarle, o cada vez que hay un grupo de machos que deciden cargarse al tiranuelo y nombrar a otro. Las peleas suelen ser feroces, porque el mono narigudo no acepta la derrota de ninguna manera y trata de ganarse el apoyo de los demás monos del grupo, que a veces le echan un cable (algunos) pero casi siempre no.

Y el derrotado, que no suele morir en la pelea como sí pasa con los chimpancés o los gelada, abandona la manada, lamiéndose las heridas, y mira hacia atrás mientras se aleja con cara desafiante, patéticamente orgulloso, y alza y menea la protuberancia nasal, como quien dice: “De alguna manera, volveré”. Pero todos le miran con cierta sorna, porque saben que ha sido derrotado y que no volverá nunca. De ninguna de las maneras. Y menos mal.

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