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Ni oficinas ni coches: así será la ciudad poscovid, la mayor revolución urbanística

Los arquitectos y urbanistas señalan que la pandemia ha resaltado los déficits de la ciudad del siglo XX. El teletrabajo avecina cambios en las islas de oficinas, comerciales y viviendas

General Paula Corroto. El Confidencial 22 de febrero de 2021
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En la ciudad del futuro que imaginaron las películas aparecían coches voladores, como en la divertida 'Regreso al futuro', enormes rascacielos y chimeneas industriales, como en la distópica 'Blade Runner', o un enorme búnker que nos alojara a todos, como en la trepidante 'La isla'. Ninguna vaticinó que en el siglo XXI volveríamos a una especie de nuevos años setenta (del siglo XX), con las tiendas, el colegio y el bar al lado de nuestra casa en frontal oposición a la era de las grandes áreas de oficinas y los centros comerciales de las periferias. Al menos, así se observa hoy en las cátedras y estudios de arquitectura y urbanismo tras la pandemia del covid-19. ¿El gran culpable? Para los expertos en esta materia, solo hay una palabra: el teletrabajo, que va a traer consigo los mayores cambios en la urbe como no se habían visto desde hace décadas.

 "La ciudad del futuro no se va a parecer mucho a la ciudad futurista, porque ese era un futurismo con mucha confianza en la tecnología"

 La arquitecta María Langarita, del estudio Langarita-Navarro, que reconoce que la conversación este año en la universidad está orientada a una revisión de los modos de habitar, la distribución de los usos y programas de la ciudad, resume así el vaticinio: “La ciudad del futuro no se va a parecer mucho a la ciudad futurista, porque ese era un futurismo con mucha confianza en la tecnología. El futuro va a incorporar no solo tecnologías maquínicas sino también ecologías, biotecnologías”. Su colega Carlos Lahoz, arquitecto urbanista y profesor en la Universidad San Pablo-CEU, también cree que la urbe será más parecida a las de “los setenta, sesenta. No es una vuelta atrás, pero sí se tratará de revisitar lugares que se nos había olvidado que estaban allí. Y con un mundo diferente. Y surgirán usos que no conocemos todavía y programas que no conocemos. Y muchos usos que hemos tenido tendrán que cambiarse y mutar para adaptarse a la nueva situación”.

Tiempos geológicos
Por supuesto, los arquitectos avisan: estos cambios no serán de hoy para mañana. La arquitecta Izaskun Chinchilla, que ha publicado libros como 'La ciudad de los cuidados' (Catarata), reconoce que en este momento "deberíamos estar ante el cambio más grande que deberían sufrir las ciudades, pero no tengo constancia de que los ayuntamientos vayan a reaccionar a esta necesidad de cambio". Como también dice con cierto tono aguafiestas Fernando Caballero, veterano arquitecto, director de la Oficina de Arquitectura Urbana (OAU) y bastante lidiado en trabajos urbanísticos con los políticos —por ejemplo, participó en el borrador del Anteproyecto de Ley de Urbanismo y Suelo de la Comunidad de Madrid del año pasado, que no salió—, “en urbanismo, los tiempos son geológicos y se depende completamente de la normativa”, que es el verdadero gran melón. Es decir, los cambios no se ven hasta mucho tiempo después de que se empiecen a pergeñar. Da algunas pistas: “El primer plan de urbanismo después de la democracia en Madrid fue el de 1985, que se modificó por el de 1997. Y los cambios fueron políticos. Con trazo grueso: el del 85 era muy de izquierdas y el de 1997, muy de derechas. Y esto va así. Y seguimos con el de 1997. La modificación de un plan general es muy complicado. Quizás haya pequeñas modificaciones puntuales, pero una revisión… Es que tienes que poner de acuerdo a mucha gente, desde grandes fondos inmobiliarios a los de Ecologistas en Acción. Al final, es más fácil que se modifiquen pequeñas cosas”.

Caballero insiste en que no estamos como hace un siglo, “cuando después de la gripe española de 1918 sí que cambiaron las ciudades con la Bauhaus y arquitectos como Walter Gropius, Le Corbusier y toda esa gente. Además, llegaron movimientos artísticos como el neoplasticismo, lo de Mondrian y compañía, que se adaptaba mucho a la industrialización. Ahora Von der Leyen ha hablado de una nueva Bauhaus con los fondos europeos, pero vamos a ver en qué queda”, afirma. No obstante, concede: “La vida funciona a tirones y esto de la pandemia es un tirón. La pandemia lo que está haciendo es acelerando procesos que ya estaban”. Y esos procesos los ciudadanos sí los vamos a notar.

Adiós a las áreas de oficinas
A partir de los ochenta —e incluso algo antes—, en las ciudades más desarrolladas comenzaron a surgir los grandes centros de oficinas. Edificios —en muchos casos, grandes rascacielos— creados para el trabajo y con locales cercanos para comer y/o tomar la cerveza al salir, pero también con gimnasios, peluquerías y farmacias. El trabajador hacía allí más de la mitad de su vida. Sin embargo, con la pandemia, su ocupación ha bajado drásticamente y los arquitectos reconocen que estos lugares sí están en peligro de extinción.

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“Estaban todos esos parques de las oficinas con todos los restaurantes… Pues ahora ese menú del día se lo van a vender al teletrabajador. El trabajador va a estar en su casa y saldrá a comer cerca e irá a la peluquería cerca y a la tiendecita. Va a haber un rebote de todas esas islas de servicios que nos han dominado los últimos 30 años: desde los supercentros de servicios al centro comercial”, admite Lahoz, que señala que en algunas ciudades ya se habían comenzado a trazar planes en ese sentido, como el de los 15 minutos de París, que consiste en que todo esté a menos de un cuarto de hora de donde se encuentra el empleado.

 Precisamente, Chinchilla sostiene que el gran problema de estos polígonos de un solo uso es que "surgían movimientos pendulares con el vehículo privado. Es decir, la gente se desplazaba en coche desde otras áreas residenciales". Eso choca con la nueva lógica que puede imponer el teletrabajo y que, también reconoce esta arquitecta, se acerca a esa ciudad de los 15 minutos en que el coche apenas haría falta.

 "La oficina antigua se acabó. Va a haber muchas salitas de juntas y menos puestos de trabajo. Los monstruos de los rascacielos están obsoletos"

 Y, por este motivo, Caballero reconoce que un proyecto como el de Madrid Nuevo Norte, “que ha tardado 25 años en salir, nace muerto”. El arquitecto lo explica: el proyecto tiene cuatro patas, la estación de Chamartín, los espacios abiertos, las viviendas y las oficinas, “que son la madre del conflicto, puesto que van a nacer desocupadas por el teletrabajo. La empresa se va a reconfigurar totalmente. La oficina antigua se acabó. Va a haber muchas salitas de juntas y menos puestos de trabajo. Los monstruos de los rascacielos están obsoletos”, manifiesta.

 ¿Y qué hacer con todo este parque de oficinas? Porque el edificio ya está construido. Para los arquitectos, una opción es convertirlos en viviendas. "Estas islas deben convertirse en barrios más integrados en la ciudad. Deben ser lugares con más hibridación de usos", manifiesta Chinchilla. “Es que antes la ciudad estaba orientada a la producción, pero ahora las labores productivas han pasado a estar en casa”, sostiene Langarita, que observa que “las normativas de vivienda lo que han hecho es que el mercado sea cada vez más específico, más ajustado. Es decir, se han ido haciendo casas en las que el espacio de dormir es muy ajustado”, lo que muestra que cada vez más habitábamos casas como en los años cincuenta, “mientras teníamos esos espacios de oficina que se habían diseñado de una forma más generosa para el trabajo de grandes grupos. De repente, sin embargo, son espacios que quizá no deben usarse para trabajar, por lo que podría repensarse el esquelético programa de vivienda que veníamos construyendo hasta ahora”. Una vez más, la normativa.

El fin de la mole del gran centro comercial
Como decía Lahoz, el fin del centro de oficinas viene aparejado al final del centro comercial tal y como lo conocemos. Una transformación que ya se observaba en el horizonte. Este arquitecto anima a ver esta web en la que aparecen fotografías de grandes centros comerciales con sus escaleras mecánicas, su plaza central, totalmente abandonados. “Ya había cambios en los hábitos de consumo con la revolución del comercio electrónico, que ahora se ha extendido a todas las capas de población y que ha venido para quedarse. Y ahora viene la pandemia, es decir, surge el teletrabajo y surge la distancia social. Todo eso se lo pone muy difícil al centro comercial”, sostiene, aunque señala que el espacio como tal no va a desaparecer, no lo van a tirar, “se convertirá en algo que no conocemos”.

grafcat7420-barcelona-26-01-2021-vista-del-centro-comercial-de-gran-via-2-en-hospitalet-de-llobregat-barcelona-donde-la-gran-mayoria-de-las-tiendas-permanecen-cerradas-este-martes-cuando-el-diario-oficial-de-la-gen Centro comercial de Gran Vía 2 en l'Hospitalet de Llobregat (Barcelona) donde la gran mayoría de las tiendas permanecen cerradas. (EFE)

El verdadero damnificado de este cambio es lo que hoy se llama comercio de proximidad, que es comprar en la tienda de abajo. En los barrios que tengan esas tiendas, ya que hay otros que también se han quedado completamente obsoletos ante esta cuestión. Un movimiento que se relaciona con otra expresión fetiche en los últimos años y que estaba en boca de muchos arquitectos y urbanistas: el urbanismo de género. “Son estudios que demuestran que, en general, los hombres hacemos recorridos lineales, de casa al trabajo, mientras que las mujeres van de casa al trabajo y además llevan al niño a la clase extraescolar y van a la compra… Es decir, es un movimiento en estrella. A partir del estudio de estos movimientos es como se tienen que planificar los proyectos de urbanización y que no tengas que coger el coche para ir a la farmacia, al centro sanitario, al colegio, etc. Que esté todo cerca, de manera que esos trayectos en estrella sean más cortos para que también se pueda dar la conciliación laboral. Es verdad que hay hombres que hacen todo esto también, pero van poco a poco”, explica Caballero, que también acentúa que en esto del urbanismo de género, “aquí vamos a paso de tortuga”.

 Sin embargo, el teletrabajo ha explotado este tipo de movimientos y María Langarita lo ve como una buena oportunidad para que se pongan en marcha estos cambios en la planificación de los barrios. “Lo del urbanismo de género lleva ya tiempo. Se trata de hacer desaparecer barreras y hacer entender que la ciudad no es solo un sitio de tránsito, sino para que las personas cuiden a otras personas, independientemente de su género, lo que pasa es que generalmente coincide el género con muchas de estas microvejaciones y macrovejaciones que la ciudad somete a esas personas que no se limitan a ir a trabajar y volver. Lo que necesitan los cambios es que en la sociedad haya una voluntad de cambio, y con esta situación tan radical sí que se puede dar esta energía de deseo de cambio”, sostiene.

El cambio de las viviendas
Si la urbe está en un proceso de reflexión, también lo están las viviendas. La pandemia ha puesto sobre la mesa la soledad, pero también la imposibilidad de trabajar en casa cuando hay más de una persona, si hay niños o la mera convivencia entre personas. También los metros cuadrados de las casas. Ha manifestado desigualdades: es obvio que no es lo mismo una parcela con jardín que una vivienda de 50 metros cuadrados para una familia. Los arquitectos creen que llegarán cambios, pero una vez más, con lentitud.

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“El problema que nos encontramos es que el parque residencial de las ciudades europeas está construido. Pero sí que habrá que adoptar otros modelos. Se debería volver a intentar promover los espacios comunes en las viviendas, porque han estado muy penalizados, ya que eran espacios que computan. Pero si esos espacios se convierten en un pequeño 'coworking' o en un espacio de recreo que no fueran computables, al igual que no computasen las terrazas, evidentemente el promotor las haría”, afirma Lahoz, que recuerda, antes de que nadie se emocione, que las viviendas tardan en cambiar: “Las casas del siglo XVIII si las comparas con las del XX no tienen nada que ver, pero es que en medio tienes el XIX, en el que surgió el movimiento higienista que tuvo ese efecto: las viviendas se separaron, los baños dejaron de ser comunitarios, entraron el sol, el agua corriente… Pero tuvo que pasar un siglo”.

 Las casas del siglo XVIII no tienen nada que ver con las del XX porque, en medio, el movimiento higienista del XIX cambió todo

 En este sentido de la lenta transformación, Fernando Caballero ha estudiado en los últimos meses cómo ha afectado el teletrabajo a las casas y lo primero que tuvo claro es que “le quita hasta cuatro metros cuadrados a cada vivienda”. La normativa de la vivienda, de hace años, no contempla ese espacio porque no se pensó en el teletrabajo. “Por eso, el problema es que si ahora el promotor tiene que quitar cuatro metros para el teletrabajo, va a hacer menos viviendas. Aunque sí, este es un cambio de diseño interesante que se irá viendo”, sostiene.

 Y ¿volveremos a la terraza? Porque está claro quiénes han sido los ganadores del confinamiento. “Claro, pero el problema es que la terraza computa [en el número de metros]. Si tienes una vivienda de 100 metros cuadrados de los cuales 10 son terraza, esos 10 no los tienes de casa. Por eso la gente en una época cerró las terrazas: porque la casa era muy pequeña. Es que en esas casas necesitaban esos metros. Igual en Chamberí cierras la terraza para ganarle unos metros al salón, pero es que en otros barrios igual ponían una habitación ahí porque la necesitaban. Por ejemplo, ¿cuántos tendederos se cerraron para meter la lavadora, el frigorífico y con la ropa colgando? Pues porque la cocina era canija”, afirma Caballero, que insiste en que, por mucha pandemia que haya, “en barrios donde las viviendas son pequeñas, las terrazas no se van a abrir. Quizás en una nueva parcela en Boadilla ahora sí ponen terrazas, pero son casas ya grandes”. La solución, dice, en ciudades como Madrid no es otra que revisar la normativa en fase de redacción de las viviendas, tanto nuevas como rehabilitadas, que se ejecuten a partir de ahora.

Zonas verdes y vehículo compartido
Cuando se abrieron las puertas tras el confinamiento, los lugares que más pronto se llenaron fueron los parques, que habían estado cerrados en España (no así en otras ciudades europeas). Ocurrió ese fenómeno junto con el de las bicicletas. Por las calles madrileñas (y carreteras) no se había visto nunca tanta bicicleta junta. “Nos dimos cuenta de la importancia que tienen para nuestra vida los parques y cómo los hemos descuidado. Tienen tanta mala calidad… Ahí sí que veo un trabajo importante de la Administración de generar esos espacios verdes en lugares que no existen, ya sea quitándole espacio al coche para poder dotar de espacio público de calidad a toda la ciudad. Porque no basta con que haya un Retiro estupendo. Tiene que estar en el barrio”, manifiesta Lahoz. Langarita también ve con cierta estupefacción que fueran los parques, donde, por ejemplo, juegan mucho los niños, los que más de lado se dejaran durante meses. “Fue lo que más tiempo ha estado cerrado. Es muy chocante y debemos reflexionar sobre ello. Creo que se debería ocupar el espacio público que en las grandes ciudades se ha ido hurtando: nadie deja a un niño que vaya solo a jugar al parque de abajo, pero hubo un tiempo en que fue posible”.

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Chinchilla recuerda que fueron las ideas arquitectónicas a lo largo del siglo XX las que redujeron la calidad de los entornos, "con mucho vehículo privado y las áreas de un solo uso". Las residenciales, comerciales, de oficinas, etc. Por eso también cree que los cambios tendrán que incidir en este aspecto con más zonas verdes y un cambio en la movilidad. "Tenemos que ir hacia áreas de bajas emisiones con un 50% menos de vehículos privados", afirma. Como ejemplo pone Madrid Central, ahora llamado Madrid 360. "Debería llegar hasta donde llegaba la última muralla municipal, es decir, incluyendo barrios como Salamanca o Moncloa, para pasar de las 468 hectáreas de ahora a 2.665 hectáreas. Y debería reducirse el espacio dedicado al tráfico. Se podrían ganar 225 hectáreas de espacio verde en el centro de Madrid, que equivalen a dos Retiros", manifiesta esta arquitecta que observa la necesidad de "recuperar la biodiversidad, ya que en la ciudad hay pájaros, abejas, árboles, no solo humanos, y el abandono de las plazas duras, esas que no tienen arbolado ni nada".

 "Lo de dejar el coche en la calle... En realidad, es una ocupación privada del espacio público que hemos visto como normal, pero no lo es"

 Precisamente, la usurpación del espacio público tiene que ver con los vehículos privados. “Lo de dejar el coche en la calle... En realidad, es una ocupación privada del espacio público que hemos visto como normal, pero no lo es. Yo creo que va a desaparecer el vehículo privado, pero no creo que vaya a desaparecer el coche. Se va a fomentar el pago por uso. Eres abonado, pagas una cuota, pero te olvidas de todo lo demás del coche. Un vehículo compartido, mucho menos contaminante… y eso va a reducir el número de coches”, sostiene Lahoz.

 Todas estas transformaciones ya están sobre la mesa. Puede que algunas se vean dentro de décadas, otras están más cercanas en el tiempo, pero los arquitectos lo tienen claro: la pandemia ha mostrado los déficits de la ciudad del siglo XX y en términos urbanísticos algunos cambios han venido para quedarse. Quien los aproveche ganará la partida.

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