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El púlpito

Francisco: “Jesús pan de vida “se entrega” para que tengamos vida”

General Guillermo Romero Salamanca 08 de agosto de 2021
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“Jesús se revela como el pan, es decir lo esencial, lo necesario para la vida de cada día, sin Él no funciona. No un pan entre muchos otros, sino el pan de la vida”, es la invitación del Santo Padre a los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro, para rezar junto al Pontífice la oración del Ángelus de este domingo, 8 de agosto de 2021.

EL MENSAJE COMPLETO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy, Jesús sigue predicando a la gente que ha visto el prodigio de la multiplicación de los panes. E invita a esas personas a dar un salto de calidad: después de haber recordado el maná, con el que Dios había saciado el hambre a los padres a lo largo del camino a través del desierto, ahora aplica el símbolo del pan a sí mismo. Dice claramente: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,48).

¿Qué significa pan de vida? Para vivir se necesita el pan. Quien tiene hambre no pide comidas refinadas y caras, pide pan. Quien no tiene trabajo no pide sueldos altos, sino el “pan” de un empleo. Jesús se revela como el pan, es decir lo esencial, lo necesario para la vida de cada día, sin Él no funciona. No un pan entre muchos otros, sino el pan de la vida. En otras palabras, nosotros, sin Él, más que vivir, sobrevivimos: porque solo Él nos nutre el alma, solo Él nos perdona de ese mal que solos no conseguimos superar, solo Él nos hace sentir amados, aunque todos nos decepcionen, solo Él nos da la fuerza de amar, solo Él nos da la fuerza de perdonar en las dificultades, solo Él da al corazón esa paz que busca, solo Él da la vida para siempre cuando la vida aquí en la tierra se acaba. Y el pan esencial de la vida.

“Yo soy el pan de la vida”, dice. Permanecemos sobre esta bonita imagen de Jesús. Habría podido hacer un razonamiento, una demostración, pero – lo sabemos – Jesús habla en parábolas, y en esta expresión: “Yo soy el pan de la vida”, resume verdaderamente todo su ser y toda su misión. Esto se verá plenamente al final, en la Última Cena. Jesús sabe que el Padre le pide no solo dar de comer a la gente, sino darse a sí mismo, partirse a sí mismo, la propia vida, la propia carne, el propio corazón para que nosotros podamos tener la vida. Estas palabras del Señor despiertan en nosotros el estupor por el don de la Eucaristía. Nadie en este mundo, por mucho que ame a otra persona, puede hacerse alimento para ella. Dios lo ha hecho, y lo hace, por nosotros. Renovemos este estupor. Hagámoslo adorando el Pan de vida, porque la adoración llena la vida de estupor.

En el Evangelio, sin embargo, en vez de asombrarse, la gente se escandaliza, se rasga las vestiduras. Piensan: “¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: he bajado del cielo?” (cfr vv. 41-42). También nosotros quizá nos escandalizamos: nos sería más cómodo un Dios que está en el Cielo sin entrometerse en nuestra vida, mientras nosotros podemos gestionar los asuntos de aquí abajo. Sin embargo, Dios se ha hecho hombre para entrar en lo concreto del mundo, para entrar en nuestra concreción, Dios se ha hecho hombre por mí, por ti, por todos nosotros, para entrar en nuestra vida. Y le interesa todo de nuestra vida. Podemos hablarle de los afectos, el trabajo, la jornada, los dolores, las angustias, muchas cosas. Le podemos decir todo porque Jesús desea esta intimidad con nosotros. ¿Qué no desea? Ser relegado a segundo plano – Él que es el pan- ser descuidado y dejado de lado, o llamado solo cuando tenemos necesidad.

Yo soy el pan de la vida. Al menos una vez al día nos encontramos comiendo juntos; quizá por la noche, en familia, después de una jornada de trabajo o de estudio. Sería bonito, antes de partir el pan, invitar a Jesús, pan de vida, pidiéndole con sencillez que bendiga lo que hemos hecho y lo que no hemos conseguido hacer. Invitémosle a casa, recemos de forma “doméstica”. Jesús estará en la mesa con nosotros y seremos alimentados por un amor más grande.

La Virgen María, en la cual el Verbo se ha hecho carne, nos ayude a crecer día tras día en la amistad de Jesús, pan de vida.

DESPUÉS DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas,

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de varios países: familias, grupos parroquiales, asociaciones y fieles. En particular, saludo al grupo de la pastoral juvenil de Verona, los jóvenes de Crevalcore, como también a los jóvenes de Scandiano y los de las casas salesianas de Triveneto que han llegado a Roma en bicicleta. ¡Muy bien, felicidades!

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

SACERDOTE AGRADECE A LA VIRGEN DE FÁTIMA POR SU LIBERACIÓN

El P. Maccalli es un misionero italiano en la Sociedad de Misiones Africanas. Fue secuestrado la noche del 17 de septiembre de 2018 por un grupo de radicales musulmanes en Bomoanga (Níger) y fue liberado en Mali el 8 de octubre de 2020.

El misionero indicó a la Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) que, si bien fue liberado el jueves 8, recibió la noticia de su libertad la noche anterior, cuando la Iglesia celebra a Nuestra Señora del Rosario.

“Era esta conexión, aunque simbólica, la que quería honrar al venir a Fátima, estos días, para rezar el Rosario y agradecer a María por su intercesión, agradecer a Dios por mi liberación, que fue, en mi opinión, fruto de tanta oración, no solo mía sino la de mi familia, mi pueblo”, agregó.

El P. Maccalli señaló que desde el día en que fue secuestrado, las personas han rezado el Santo Rosario todos los días en su diócesis y en varias partes del mundo, y resaltó que este “río de oración” es el que “abrió la puerta a mi liberación”.

El P. Pier Luigi Maccalli, que fue secuestrado por radicales islámicos durante dos años, peregrinó al Santuario de Fátima (Portugal) este domingo 1 de agosto para agradecer a la Virgen por su liberación.

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