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¿A la 3ª va la vencida? Tras Trump y Fujimori, Bolsonaro azuza el miedo al fraude electoral

El presidente brasileño ha convertido al voto electrónico en su principal enemigo, alertando, sin pruebas, sobre la posibilidad de un fraude en las elecciones de 2022

Mundo El Confidencial 09 de agosto de 2021
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El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, montando a caballo. (EFE)

Una muchedumbre de personas ataviadas en camisetas verdes y amarillas absorbe con una mezcla de solemnidad y emoción cada palabra de su líder, que habla a grito pelado desde su despacho en Brasilia y es retransmitido en tiempo real a través de un móvil conectado a un enorme altavoz. En la famosa playa de Copacabana, los fans de Jair Bolsonaro sostienen pancartas que piden el “voto impreso, auditable y democrático”.

Es un batiburrillo de tribus urbanas que, sin embargo, comparten ciertos rasgos comunes: la mayoría de los manifestantes son blancos, de unos 40 años, muchos se recusan a usar la mascarilla y otros hacen referencia constantemente al Dios evangélico con el que Bolsonaro se alió en 2018 por razones más pragmáticas que espirituales. “El Señor nos ha regalado un día de sol porque el Señor está con nosotros”, clama un orador desde una furgoneta repleta de megáfonos. Banderas con la frase preferida del presidente (“Brasil por encima de todo, Dios por encima de todos”) ondean entre los presentes.

Faltan 14 meses para las elecciones presidenciales de Brasil, pero el país más grande de América Latina ya está empantanado en una exacerbada disputa sobre la integridad de su sistema electoral, una trifulca con tintes antidemocráticos y salpicada por veladas amenazas de golpe. Tras Donald Trump y Keiko Fujimori, ahora es el turno de Bolsonaro de construir una sofisticada narrativa para no reconocer una eventual derrota en octubre de 2022.

Razones para preocuparse no le faltan. Su popularidad se desintegra a medida que avanza la pandemia, que ya se ha cobrado la vida de más de 560.000 personas, mientras surgen sospechas de corrupción en la compra ministerial de las vacunas. Una encuesta publicada recientemente muestra que el 61% de los brasileños rechaza a Bolsonaro, quien en la segunda vuelta perdería frente a todos los principales candidatos. El ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva parte como claro favorito.

Se mire por donde se mire, Brasil camina a pasos agigantados hacia un escenario de polarización extrema, algo cada vez más común en América Latina. Anticipándose a esta batalla ideológica, el presidente de ultraderecha está preparando el terreno para lanzar acusaciones preventivas de fraude, desafiando al Tribunal Superior Electoral (TSE) y a la Corte Suprema.

El blanco de Bolsonaro es el voto electrónico, el cual lleva funcionando 25 años en el país.

El blanco de sus ataques furibundos son las urnas electrónicas, que según el mandatario no serían seguras. Brasil es uno de los 46 países del mundo donde se vota a través de un sistema electrónico. En un territorio de dimensiones continentales y con muchas regiones aisladas, sobre todo en la Amazonía, este tipo de voto permite conocer al ganador en tiempo real y con un coste reducido para el contribuyente.

Desde hace 25 años, los electores brasileños votan apretando un botón en una urna que no está conectada a internet y que, según los responsables del TSE, es inviolable. De hecho, de forma recurrente esta corte, que es responsable de fiscalizar todo el proceso electoral, reta a los hackers brasileños a que burlen estos dispositivos. Desde 2009, nunca han conseguido invadir el sistema.

Sin embargo, en las últimas semanas Bolsonaro ha intensificado sus embestidas contra las urnas electrónicas, alegando que no son confiables porque no pueden ser verificadas. Su mantra, repetido por millares de seguidores en las manifestaciones convocadas cada domingo en las principales ciudades de Brasil, es volver al “voto impreso y democrático” para evitar unos fraudes que, en realidad, nunca han sido comprobados.

El presidente ha afirmado en varias ocasiones que en 2018 habría ganado las elecciones en la primera vuelta. El TSE le ha instado a presentar pruebas de ello, algo que Bolsonaro nunca hizo. El pasado mes de junio, esta córte le comunicó que tenía un plazo de 15 días para aportar evidencias de las hipotéticas irregularidades. De no hacerlo, podría ser multado y juzgado por los crímenes de desobediencia y prevaricación.

Tras varios intentos de escabullirse, Bolsonaro finalmente reconoció en una conexión en directo —calificada como “lamentable” por sus opositores— que no tenía pruebas y sí “evidencias”. Para sustentar sus teorías estrafalarias, recurrió a varios vídeos de YouTube repletos de 'fake news', los cuales ya habían sido desmentidos por reconocidas agencias de verificación de noticias. “Estas urnas surgieron a finales de los años 90. Yo estaba a favor, me pronuncié varias veces en este sentido, pero la tecnología todavía es la misma, y la seguridad... Casi no ha cambiado nada desde entonces”, afirmó.

Bolsonaro exige ahora que se vuelva al sistema tradicional del voto impreso. “O hacemos elecciones limpias en Brasil, o no habrá elecciones”, amenazó el 8 de julio. Desde entonces, el país tropical se ha precipitado en una espiral de ataques y contraataques que ponen de manifiesto la fragilidad de su sistema democrático.

Uno de los capítulos más alarmantes de esta telenovela política ha sido protagonizado por el ministro de Defensa, Walter Braga Netto, un general que ganó cierta notoriedad con la fallida intervención militar en Río de Janeiro para luchar contra el crimen organizado y que tiene fama de tener mano dura. Según el periódico O Estado de S. Paulo, Braga Netto habría amenazado al presidente del Congreso, Arthur Lira, al enviarle un recado claro y en sintonía con el delirio antidemocrático del presidente: si no se aprueba la propuesta de ley para volver al voto impreso, no habrá elecciones en 2022.

brazil-s-president-jair-bolsonaro-talks-with-his-chief-of-staff-army-general-walter-souza-braga-netto-during-a-ceremony-to-announce-a-mass-coronavirus-disease-covid-19-immunization-program-at-the-planalto-palace-inEl presidente brasileño, Jair Bolsonaro (izq.), junto a su ministro de Defensa. (Reuters)

Tanto el ministro de Defensa como el presidente de la Cámara han negado el episodio. Sin embargo, esta noticia ha dejado una gran preocupación entre políticos y comentaristas, que ven con desconfianza la presencia maciza de los militares en el Ejecutivo. Desde la llegada de Bolsonaro, los uniformados acumulan más de 6.000 cargos públicos. Por lo pronto, Braga Netto ha sido convocado para prestar declaración ante los diputados el próximo 17 de agosto. Se le exige que aclare este suceso escabroso.

Esta semana el juez Luís Roberto Barroso, que preside el TSE, decidió plantarle cara de una vez a Bolsonaro y abrió una investigación oficial contra él. Además, pidió formalmente a la Corte Suprema que haga lo mismo. De esta forma y tras meses de ataques sistemáticos contra las instituciones, el poder judicial intenta parar los pies a un presidente que actúa como si fuese el jefe de la oposición.

El 4 de agosto, el juez del Supremo Alexandre de Moraes acató la petición del TSE y decidió incluir a Bolsonaro en otra investigación sobre el uso de noticias falsas por parte de políticos, empresarios y blogueros cercanos al presidente. Bolsonaro es acusado de haber cometido 11 delitos, entre ellos calumnia, difamación, incitación al crimen y asociación criminal. La respuesta del jefe del Ejecutivo ha sido explosiva. En una escalada de tensión, llegó a amenazar con actuar “fuera de las cuatro líneas de la Constitución”. También atacó al juez Moraes. “Creo que su hora va a llegar. No podemos continuar con este juez arbitrario y dictatorial”, espetó durante una entrevista radiofónica.

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