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De atajar la violencia a un nuevo desafío: “El gran reto de Medellín se viene y es climático”

En la ciudad colombiana, después de haber conseguido bajar la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes de 388 a tan solo 14 en 30 años, su siguiente objetivo es luchar contra la crisis climático

Planeta El Confidencial 08 de septiembre de 2021
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Vista de Medellín desde 'La Comuna' uno de los barrios más populares. Foto: Marta Montojo

A paso avanzado, como quien acostumbra a llegar a pie a todas partes, Luz Estella Gutierrez camina por las calles de Laureles, un barrio de clase media situado en la parte occidental de Medellín y que, como buena parte de la ciudad, está cubierto de árboles. Mientras pasea, esta profesora de francés ya jubilada recuerda la época en que, de joven, no podía salir de casa sin miedo a que una bomba estallara en cualquier momento, en cualquier lugar. Ahora se mueve libremente por su ciudad natal, y presume de la infraestructura que le permite hacerlo sin tener que conducir. Alardea de su metro, sus autobuses, su metrocable, sus carriles para ciclistas.

De Medellín sorprende la convivencia del caos de cláxones y motores, propio de las grandes urbes latinoamericanas, con un sistema de transporte público que podría tener cualquier metrópoli europea. La capital del departamento colombiano de Antioquia, con poco más de 2,5 millones de habitantes, cuenta además con un servicio de bicicleta compartida con anclaje que es uno de los pocos (si no el único en el mundo) totalmente gratuito para los usuarios.

"Hay una construcción colectiva en torno a lo que se debe y no se debe hacer en el metro. Por eso el de Medellín es el metro más limpio del sur global"

Este modelo de movilidad sostenible, hoy muy normalizado entre los paisas —como se conoce a los naturales de Medellín—, es en realidad bastante reciente. El metro, el verdadero punto de inflexión para los residentes, no tiene más de 26 años.

Una explicación es que, durante décadas, la prioridad para el gobierno local fue encontrar una solución a la violencia que predominó en la ciudad colombiana sobre todo en los años 80, cuando el narcoterrorismo instauró el miedo a pisar las aceras de Medellín. El panorama de homicidios múltiples, que se recrudeció a principios de los 90, llegó a otorgar a esta ciudad los índices de criminalidad más altos del mundo, con una tasa de homicidios en 1991 de 388 casos por cada 100.000 habitantes.

Treinta años después del momento álgido de los cárteles de la droga, esa misma tasa está en los 14 casos por cada 100.000 habitantes. Y, aún soportando la violencia heredada de esa época, las administraciones públicas empiezan a reconocer otros desafíos que siempre estuvieron presentes y no han dejado de agravarse. Por ejemplo, el cambio climático. Ahora la ciudad aspira a colocarse como ejemplo de innovación y desarrollo sostenible en Latinoamérica, con políticas de renaturalización urbana, ampliación de la infraestructura ciclista y otras políticas de descarbonización. La semana pasada, el alcalde Daniel Quintero Calle anunció que Medellín se ha adelantado a la capital colombiana y otras urbes del país en la obtención de bonos de carbono para compensar sus emisiones y mitigar el calentamiento.

3d4e50700eb07923964f7cfd190ebab9Vista de M0edellín desde el metrocable de la ciudad. Foto: Marta Montojo

El anuncio llegó en un momento clave: a menos de cuatro meses de la cumbre del clima de Naciones Unidas que tendrá lugar en Glasgow (COP26) y en un año marcado por fenómenos meteorológicos sin precedentes en la segunda mayor ciudad colombiana. En abril de este año, el río Medellín se desbordó hasta inundar la autopista. En agosto, tres semanas consecutivas de incesante lluvia amenazaron con repetir el episodio en diversos puntos del municipio. Y eso que “agosto antes era un mes de mucho calor, nunca de lluvia”, asegura Luz Estella Gutiérrez, apretando el paso ahora que la tormenta le ha pillado sin “sombrilla”.

Carlos Cadena-Gaitán, ex secretario de movilidad de la ciudad de Medellín y activista ambiental, también incide en este hecho: “Aquí en agosto no llovía”. “El gran reto de Medellín se viene y es climático”, zanja.

Situada en el valle de Aburrá, Medellín está rodeada de montañas sobre cuyas faldas se extienden las comunas, centenares de viviendas inestables que forman densas barriadas. “Al llenar las laderas de cemento, hemos impermeabilizado el valle, eliminando su capacidad natural de absorber”, explica el ex secretario. Así pasó que, “por primera vez en nuestra historia, se desbordó el río y taponó la vía principal”, lamenta.

1e7885a89747b5453cd190d3f422cd03Paneles solares en el tejado de Casa Kolacho en la Comuna 13 de Medellín. Foto: EPM
 

Pero la rápida transformación de Medellín, si bien puede tener un componente de marketing para mejorar la proyección internacional de la ciudad y atraer a turistas, ha sido reconocida mundialmente. En 2019, la capital de Antioquia fue elegida como anfitriona del primer Foro de las Ciudades de Ifema celebrado fuera de Madrid, ciudad que normalmente acoge este evento en el que los ayuntamientos de distintas urbes a nivel global se juntan para compartir experiencias de sostenibilidad urbana. Años atrás, en 2013, Medellín había sido nombrada la ciudad más innovadora del mundo, título que se disputaba con Nueva York y con Tel Aviv. Entre otros avances, se valoró especialmente de Medellín su metro, del que los residentes destacan algo que llaman “cultura metro”.

Cadena-Gaitán explica este concepto: “Hay una construcción colectiva en torno a lo que se debe y no se debe hacer en el metro, y todos la respetan. Por eso el de Medellín es el metro más limpio, más organizado y más atractivo del Sur Global”, asevera.

Con dos líneas (y una de tranvía), el metro atraviesa la ciudad en cruz, de norte a sur y de este a oeste. Conecta también con la periferia —las comunas asentadas en las laderas— a través de un sistema de metrocable, una suerte de teleférico similar al de las estaciones de esquí que usan los paisas para sus desplazamientos cotidianos. Para Cadena-Gaitán, el metrocable es sin duda el ejemplo más emblemático de cómo las políticas de movilidad sostenible han impulsado un cambio social positivo, ayudando a resolver desigualdades muy arraigadas en el sistema.

bb998e75187773158eb8e3eb9d0f676eEl transporte público (incluido un servicio de bicicletas gratuito) está convirtiendo Medellín en un referente de sostenibilidad para América Latina. Foto: Marta Montojo

Aunque se ha replicado en distintas ciudades de otros países (Bolivia y Brasil, por ejemplo), el metrocable de Medellín, inaugurado en 2004, fue el primer sistema teleférico del mundo empleado como modo de transporte público a tiempo completo. La idea era conectar por el aire, mediante cables, los barrios con los peores indicadores sociales —las comunas— con el núcleo urbano. Y, bajo el cable, despejar los carriles antes repletos de automóviles; liberar ese espacio para que los ciudadanos pudieran disfrutar de aceras más anchas, con más árboles y más terrazas. “Se trataba de traer no solamente infraestructura de transporte a esos barrios, sino también infraestructura social, ambiental, de reactivación económica”, agrega este experto.

El Proyecto Urbano Integral (PUI) que enmarca ese objetivo se ha aplicado a varias de las comunas, aunque no en todas ha funcionado igual de bien, admite Cadena-Gaitán. La Comuna 13 es uno de los casos de éxito. En su día dominado por los narcos, las guerrillas, los paramilitares y las bandas, actualmente este barrio lo ocupan sobre todo artistas que a través del grafiti, la música o el baile preservan el recuerdo del calvario que sufrieron los vecinos.

Allí se lleva a cabo actualmente el primer proyecto piloto de energía transactiva de América Latina. La sede de Casa Kolacho, un colectivo de hip-hop, acaba de cumplir su primer año como comunidad energética. La instalación de 18 paneles solares ha sido para los miembros de esta nueva comunidad un alivio económico, reduciendo en tiempos difíciles —en plena pandemia— uno de sus principales gastos: la factura eléctrica. Junto al centro cultural Casa Kolacho, otros seis lugares del valle de Aburrá instalaron placas fotovoltaicas y se conectaron con seis viviendas más que, sin tener paneles sobre sus tejados, se benefician de la energía generada por los vecinos. Los que cuentan con placas producen más energía de la que consumen, y los kilovatios excedentes, que se insertan en la red, compensan económicamente a las viviendas conectadas. De media, esos hogares han notado una rebaja en el coste de su energía de entre un 20 y un 30 por ciento, aseguran desde EPM, la empresa municipal de energía que puso en marcha el piloto en julio de 2020. “Al principio el proyecto iba a durar 6 meses pero ya lleva más de un año, y creemos que las viviendas deberían quedarse con los paneles y seguir disfrutándolos”, alega Carlos Enrique Vélez, gerente de desarrollo e innovación de EPM.

Aunque Enrique Vélez considera que en Medellín el sector fotovoltaico es aún algo residual, sí ha notado un despegue de iniciativas solares especialmente en el ámbito empresarial. Para Carolina Cardona, que desde EPM también ha participado en el piloto de la Comuna 13, este caso es también el reflejo de una tendencia, una muestra más de que “estamos en una transición energética” hacia una baja en carbono y en un cambio de modelo "desde un consumidor pasivo a uno activo, que forma parte del ecosistema”.

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