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El gran fracaso de Merkel: cómo dejó que China se le metiera hasta la cocina económica

Mundo El Confidencial 22 de septiembre de 2021
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La canciller alemana, Angela Merkel, durante una conversación telemática con Xi Jinping. (EFE)

Los alemanes son conocidos por su afición al 'statu quo'. El mero hecho de que la canciller Angela Merkel lleve 16 años en el cargo dice mucho de su (poco) gusto por los grandes cambios. Pero, aunque ha sido una característica clara de la cancillería, el mundo que rodea a Alemania ha cambiado enormemente durante este periodo. Y no se ha desarrollado en la dirección que la mayoría de los alemanes hubiera preferido. Esto se aplica en particular a China, el mayor socio comercial bilateral de Alemania.

En los últimos años —sobre todo desde el comienzo de la pandemia—, la relación entre Alemania y China ha sido cada vez más tensa. Pekín no solo se ha vuelto más agresivo a nivel interno en sus relaciones con Hong Kong y Xinjiang, sino que, tirando de su gran poder económico, también ha empezado a arremeter ferozmente en la región del Indo-Pacífico más allá de sus propias fronteras. Para ello, utiliza nuevas formas de coerción económica para perseguir sus intereses políticos. En este contexto, Europa también se ha convertido cada vez más en el objetivo de una diplomacia asertiva y de prácticas comerciales depredadoras.

Occidente, a contrapié

Estos cambios en el enfoque de Pekín —diseñados para asegurar el dominio del Partido Comunista de China (PCCh) para las décadas venideras y para moldear el mundo de acuerdo con los intereses del PCCh— son tan pronunciados que requieren que todos aquellos que interactúan con China se replanteen su respuesta. Y son palpables no solo para las élites políticas; ahora han captado la atención de los votantes europeos, incluidos los alemanes.

Según los datos recopilados por la iniciativa 'Re:shape Global Europe' de ECFR a principios de este año, un 47% de los alemanes considera China un rival o adversario directo de Europa. Esto coincide con las percepciones públicas de otros Estados miembros de la UE: en toda la Unión, los europeos que ven a China como un verdadero socio que comparte intereses y valores con Europa están quedando marginados. Los que definen la asociación con China como necesaria en determinados ámbitos siguen formando una pluralidad en muchos Estados miembros, pero ya no lo hacen en Alemania (o Francia).


Además, aunque a menudo se acusa a la política alemana respecto a China de estar demasiado centrada en su relación económica, los votantes alemanes parecen tener bastantes principios sobre la postura que debería adoptar Europa. El 52% afirma que la Unión Europea debería criticar enérgicamente las violaciones de los derechos humanos, los valores democráticos o el Estado de derecho por parte de China, superando la media de la UE en esta cuestión.

Pero los datos de las encuestas del ECFR indican que, en Alemania, la disyuntiva entre comercio y derechos humanos sigue siendo un debate habitual. La canciller alemana ha seguido aplicando un planteamiento muy cauto con respecto a China: ser más claro con respecto a los intereses y valores europeos tendrá un coste económico; es decir, que, si Alemania denunciara más enérgicamente las políticas de China sobre Xinjiang, esto costaría automáticamente puestos de trabajo en Volkswagen en Wolfsburg. Sin embargo, Berlín ha sido menos claro en cuanto a la base empírica de estas suposiciones. ¿Cuáles son los costes y beneficios directos realmente medibles? ¿En qué medida los puestos de trabajo alemanes dependen de que las empresas alemanas tengan éxito en China, reinviertan en el país e innoven y creen puestos de trabajo en China? ¿Y cuáles son los costes económicos a largo plazo de no cambiar de rumbo?

A pesar de todos los cambios que han llevado a la UE a revisar su enfoque con Pekín en varios frentes —desde el escrutinio de las inversiones hasta la caja de herramientas de seguridad 5G y los procesos para gestionar las subvenciones extranjeras que distorsionan el mercado—, la política actual de la Unión sigue siendo una mezcla ecléctica de las distintas épocas de interacción con China. La UE se adelanta y es más dura en su enfoque en algunas cuestiones, como sus medidas previstas en materia de competencia. Pero, en otras áreas clave, sigue atascada en las viejas relaciones de incentivo al comercio y la cooperación que se basan en falsas suposiciones sobre la trayectoria política y económica de China.

Los dirigentes chinos han definido su propia agenda de desacoplamiento y autonomía, consagrada en los discursos de Xi Jinping y en el último plan quinquenal del partido. China se centra en potenciar las capacidades tecnológicas y de producción autóctonas, así como su dominio del mercado mundial en sectores clave.

 En los últimos años, el reposicionamiento estratégico de China se ha hecho cada vez más evidente. China pretende ser menos dependiente del mundo, al tiempo que hace que el mundo sea más dependiente de China para disuadir cualquier medida coercitiva o política indeseable de otros Estados. El PCCh persigue agresivamente sus intereses y aumenta su control sobre la economía. A veces, el partido actúa incluso en contra de los intereses económicos del país, como demuestran los recientes golpes que ha asestado a varias empresas tecnológicas chinas, desde Alibaba hasta Didi.

Para la industria alemana, que está fuertemente involucrada en China, este cambio es una mala noticia. En los próximos años, el entorno normativo de China será aún más complejo, debido al deseo de Pekín de expulsar a las empresas internacionales del mercado o de hacerlas más chinas. Las perspectivas a largo plazo de las empresas europeas en y con China no parecen nada halagüeñas, sobre todo en los sectores de alta tecnología y fabricación avanzada.

Europa y China no pueden acabar rápidamente con sus dependencias mutuas. Tampoco sería beneficioso para ninguna de las partes. Sin embargo, la política europea más sensata es desvincularse lenta y conscientemente de China en sectores clave y diversificarse más en otros. La rivalidad sistémica es cada vez mayor y está condicionando la forma en que se desarrolla la competencia económica y el alcance de la cooperación necesaria, incluso en áreas que antes parecían menos controvertidas, como la política climática.

¿Qué significa todo esto para la política china de Alemania tras las elecciones al Bundestag de septiembre? Podría decirse que el 'statu quo' en Alemania sigue siendo muy bueno en comparación con el de muchos otros Estados miembros de la UE, que han atravesado importantes turbulencias económicas y políticas desde la crisis del euro, especialmente durante la pandemia. Pero una cosa está cada vez más clara: aunque los alemanes sigan interesados en defenderse, será cada vez más difícil mantener su actual nivel de prosperidad —y de seguridad— sin trazar un nuevo rumbo en China.

Las políticas de la era Merkel, centradas en mejorar y profundizar las relaciones comerciales con China, mientras se esperaba que el país se adaptara lentamente y se integrara en el orden internacional, tenían sentido en aquel momento. Había importantes oportunidades para las empresas europeas, sobre todo las alemanas; existía un espíritu de reforma, especialmente entre las élites económicas chinas, y un gran impulso para estrechar lazos. Pero, al igual que con la cancillería de Merkel, ese tiempo ya ha pasado. Sin embargo, Xi Jinping y el PCCh están aquí para quedarse.

Por lo tanto, será necesario realizar ajustes políticos, sobre todo para alcanzar objetivos económicos clave como mejorar las oportunidades de negocio de las empresas alemanas, proteger la base industrial, conservar una ventaja innovadora y proporcionar puestos de trabajo en el país y en el extranjero. La política sobre China y la respuesta de Europa a las políticas chinas en cooperación con los socios del otro lado del Atlántico o en el Indo-Pacífico —que podría enmarcarse como política 'a causa de China'— han pasado al centro del discurso político en Berlín. En la campaña electoral, ha recibido especial atención por parte de la candidata de los Verdes, Annalena Baerbock, pero también se reconoce cada vez más en los círculos conservadores y socialdemócratas de Alemania. Parece que está surgiendo un consenso sobre la necesidad de cambiar las cosas. La buena noticia es que, al menos en lo que respecta a China, el público alemán parece estar preparado para ello.

*Análisis publicado en el European Council on Foreign Relations por Janka Oertel y titulado 'The China factor in the German election'.

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