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Manuela, más allá de Bolívar

Columnista invitado Katerinne Orquera. El Comercio 14 de noviembre de 2021

El mito nacionalista ha unido la figura de Manuela Sáenz al Libertador Simón Bolívar de manera indisoluble, pero si bien esa relación marcó su vida, Manuela fue mucho más que la amante del prócer. Así lo evidencian varias investigaciones publicadas en los últimos tiempos, entre las que se cuenta la biografía de Pamela Murray, producto de varios años de investigación en diversos archivos.

El libro ‘Manuelita. Por la gloria, por Bolívar’, publicado en 2020 en español -si bien la versión original en inglés circuló en 2008-, nos recuerda, por ejemplo, que aún antes de conocer a Bolívar, Manuela ya estaba involucrada en las campañas de independencia. Desde 1820 había ayudado al reclutamiento de hombres en el ejército patriota de José de San Martín, cuando este arribó a Lima, donde ella vivía con su esposo, de cuyos negocios solía ocuparse, cuando este se ausentaba de la ciudad por actividades comerciales.

Es decir que al conocer a Bolívar, Manuela Sáenz era mucho más que una jovencita encandilada por un militar destacado; pues aunque solo tenía 24 años, ya había participado en una conspiración independentista y conocía de su propia habilidad para administrar dinero, dado que tanto su esposo como su familia de origen vivían del comercio.

Aunque los años que duró su relación con Bolívar no dejan de ser interesantes, lo son más aún los posteriores a su muerte, pues dan cuenta de la dimensión humana de esta mujer que ya sin poder, amor ni dinero, y sometida al repudio de los dirigentes de las nacientes repúblicas, fue expulsada tanto de la Nueva Granada como del Ecuador, razón por la cual terminó en Paita.

De aquella época, cabe mencionar que pese a recibir la amnistía cinco años después de ser sacada del Ecuador, decidió no volver. Es decir, los últimos 16 años de su exilio fueron voluntarios. En aquel entonces, además de buscar incesantemente el pago por los bienes que había vendido en Quito, compartía su tiempo con otros desterrados, entre ellos los jesuitas y un joven Gabriel García Moreno; también actuó como informante de Juan José Flores, por voluntad propia y sin retribución alguna, simplemente porque lo consideraba su amigo.

Sin embargo, y como lo ha enseñado la historiografía reciente, esta mujer singular solo puede ser entendida si se la conjuga en plural. Es decir, la vida de Manuela únicamente adquiere sentido en la red de relaciones de las que hizo parte. Por ejemplo, su ayuda al ejército de San Martín la realizó con otras 121 mujeres de la élite limeña, que luego formaron la sección femenina de la Orden del Sol. Asimismo, la expulsión del Ecuador por parte de Vicente Rocafuerte se debió al temor que este tenía de que se uniera a las mujeres cercanas a la Sociedad Quiteño Libre, azuzadoras de la rebelión en su contra, según decía; y, de manera aún más simple -o más humana, si cabe- no habría llevado adelante gran parte de sus ejecutorias sin las dos esclavas que fueron su permanente sostén y compañía.

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