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San Bartolomé, la isla francesa del Caribe donde suena fado y viven miles de portugueses

San Bartolomé pertenece a Francia y maneja el euro, pero un tercio de sus 9.000 habitantes es de nacionalidad portuguesa y mantiene vivas las tradiciones lusitanas

Turismo El Mundo Al Instante 13 de enero de 2022
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Una playa en San Bartolomé

La isla de San Bartolomé se destaca como un paraíso de alto nivel en el Caribe. Estos 24 kilómetros cuadrados pertenecen a Francia y, por tanto, su moneda en circulación es el euro.

Un enclave donde las aguas turquesas y las arenas doradas convierten la experiencia de ir a la playa en una idílica inmersión en este Xanadú que ha seducido a Paul McCartney o Eric Clapton.

Allí, en un territorio que había sido colonizado por Suecia, sus 9.000 habitantes pueden presumir de una gran calidad de vida y de ofrecer sorpresas como casi un tercio de la población formada por portugueses, baluartes de costumbres tan típicamente lusitanas como escuchar fado y cocinar bacalao.

La razón de semejante presencia se debe a que la mayoría de los moradores que proceden de Valença do Minho, Braga, Guimaraes o Viana do Castelo acudía a la llamada de las posibilidades en el sector de la construcción.

Las preciosas viviendas exigían operarios aptos para apuntalar el entorno con finos detalles y los portugueses tenían fama de realizar bien esas labores. De modo que unos fueron arrastrando a otros y, al final, se ha modelado una colonia de unas 3.000 personas que mantiene viva la lengua y disfruta de un microcosmos que se fusiona con la cultura francesa dominante, además de con el abrumador desembarco de ciudadanos de los Estados Unidos, prestos a aprovechar sus excelencias 250 kilómetros al este de Puerto Rico.

Los yates campan a sus anchas en el fastuoso puerto deportivo que se extiende en la bahía de Gustavia, la pequeña ciudad-capital que toma su nombre como tributo al rey Gustavo III, de Suecia. Un enclave que ha visto florecer tiendas de lujo con tal de satisfacer a los habitantes que por allí se mueven.

Cristóbal Colón llegó por estos lares en 1493 y ‘bautizó’ la isla como San Bartolomé en honor a su hermano menor, así llamado.

Los franceses cedieron la isla a los suecos, que acabaron por devolvérsela en 1877. Pero el sello del enclave cambió definitivamente en 1957, año en el que David Rockefeller se quedó prendado de la bahía y encargó la construcción de una vivienda de lujo en la orilla.

No fue un capricho aislado, sino que el gesto creó tendencia y varios millonarios estadounidenses decidieron embarcarse hacia el mismo destino. Así pudo reciclarse San Bartolomé, como una meca deluxe, pues hasta entonces no se beneficiaba de ninguna aureola especial.

En ese momento, el poder adquisitivo se hizo fuerte en la vida diaria y el sector de la construcción comenzó a ganar protagonismo.

Cuatro operarios portugueses recibieron una oferta de contrato para poner en pie una central eléctrica. Siguieron revelándose como buenos trabajadores y acumularon más peticiones en los días venideros.

Lo que hicieron fue atraer a sus familiares y amigos, de manera que la colonia lusa no paró de crecer… hasta el punto de que no tardó en crearse la primera empresa de construcción portuguesa, saludada con júbilo por los moradores locales.

Hace dos décadas y media, se instalaron unos 250 portugueses en San Bartolomé, pero un huracán hizo mudar toda la perspectiva porque la isla sufrió las consecuencias del temporal y resultó destruida.

Fue a partir de entonces que se incrementó la demanda de mano de obra, con los portugueses en primer plano debido a su fácil integración en la comunidad, además de haberse encargado de ensanchar el puerto deportivo.

Por eso se alcanzaron los 3.000 lusitanos en los últimos años, al calor de la benigna meteorología. Inicialmente, se trataba de emigrantes con poca formación, pero esta circunstancia ha ido variando con el tiempo.

Lo que está claro es que la ‘saudade’ hace estragos entre esta población, con lo cual se explican y se enmarcan detalles como el sonido del fado atravesando los ventanales del restaurante portugués que llama la atención al mediodía o al atardecer. El olor del bacalao traspasa igualmente los alrededores del local y se dispersa por los vericuetos del puerto deportivo.

Así, la voluntad de regresar a sus orígenes traza un perfil medio de unos 10 años de estancia. Solo una minoría termina estableciéndose allí, sobre todo quienes contraen matrimonio.

Rodeados de palmeras, mantienen viva la esencia de la lusofonía en cuanto tienen ocasión, aunque predomina el idioma francés.

De modo que la ‘chanson’ y el fado se dan la mano en esta parte del Caribe, dos géneros que convergen de manera natural y envuelven la isla con su terciopelo musical, salpicado por las notas del desasosiego pero también con rastro de la felicidad larvada bajo el sol.

Las cadencias jazzísticas se dejan sentir con la misma intensidad y traen retazos del estilo cálido desde la Guayana de Henri Salvador, el considerado como una especie de Sinatra. Es la emisora pública portuguesa Antena 2 la que difunde 24 horas de estos sonidos de corte sereno.

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