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Así muere la libertad en Rusia: una lectura de 'Novaya Gazeta'

Es el medio de comunicación que más he leído desde que empezó la guerra, pese a que, en la última semana, esta palabra ha desaparecido por completo de sus páginas

General El Confidencial 13 de marzo de 2022
Afiche Putin-Foto- EFE.
Foto: EFE.

Por Juan Soto Ivars

Hay un diario crítico con Putin que milagrosamente sigue abierto cuando escribo estas líneas —12 de marzo— en una Rusia que avanza con paso fantasmagórico y decidido hacia el totalitarismo, entre el fragor de los tambores de guerra: es el 'Novaya Gazeta', surgido en el deshielo del fin de la Unión Soviética. Alguna extraña sintonía sintáctica entre los idiomas español y ruso permite a Google una traducción casi perfecta del diario, que se puede leer como si estuviera escrito en castellano.

Ayuda además a que se entienda un espíritu afín: el de la libertad de expresión y de conciencia a cualquier precio. El de la rebeldía, quizás impotente, ante una tiranía que lanza sus tentáculos para estrangular a cualquiera que se aparte de la visión oficial. El 'Novaya' nos habla en nuestro idioma, en nuestro código. Creo que lo entendería aunque Google fuera incapaz de traducirlo. Allí escribía Anna Politkovskaya hasta que fue asesinada.

Es el medio de comunicación que más he leído desde que empezó la guerra, pese a que, en la última semana, esta palabra ha desaparecido por completo del 'Novaya'. Algunos ejemplos: "La probabilidad [del análogo prohibido de la palabra 'operación especial'] también parecía pequeña"; "Para algunos, fue el comienzo de [una palabra prohibida] y gente con armas en las calles, mientras que otros se fueron cuando se dispersaron las primeras manifestaciones en la calle Bolotnaya".

Putin ha impuesto el tabú sobre la palabra "guerra", que ellos no pueden escribir y nosotros sí, y han decidido utilizar esos insertos artificiosos que realzan y caricaturizan el hecho tiránico de la prohibición. Resulta que, en la tenacidad paranoica del régimen, la simple mención a la guerra, ni que sea en una frase que no se refiere a la "operación especial" en Ucrania, puede acarrear una pena de cárcel. La vigilancia es tan rigurosa que, según se lee en una crónica, la gente ha dejado de pronunciar esta palabra incluso en la calle.

Su director, Dmitri Murátov, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, lo que ya es un motivo de herejía en la nueva Rusia bélica de Putin. Allí, ya lo sabemos, el estrangulamiento de los periodistas no viene de hoy, pero se ha recrudecido hasta el punto de que esta semana, en un artículo conmocionado, Nikita Kondratiev anunciaba el cierre de la sección de información del "Novaya".

Pedía a sus lectores comprensión: dado que no pueden seguir informando del curso de una guerra que ni siquiera pueden nombrar, y puesto que hay condenas automáticas para cualquiera que desafíe la visión de la propaganda del Kremlin, anunciaba que centrarán sus esfuerzos en analizar la deriva interna del país en artículos de cultura y sociedad. En la práctica, esto está significando hacer la crónica de la transformación de la Rusia autoritaria de Putin en una tiranía totalitaria.

Han publicado recientemente, por ejemplo, un reportaje largo y profundo que recaba los testimonios de los científicos que están huyendo despavoridos del país, normalmente hacia Kirguistán, uno de los pocos Estados a los que todavía pueden desplazarse. Allí se podían leer opiniones, naturalmente protegidas por el seudónimo, que se resumen en una máxima: "No quiero contribuir a construir un Estado como este".

Allí hablan estos perseguidos de su escasísimo campo para correr en un mundo que recorta sus derechos: temen que huir a Occidente suponga el ostracismo y se preguntan hasta qué punto es cierta la rusofobia que les llega por los medios oficiales rusos. Lamento decirles, si leen esto, que por el momento Occidente no parece tener una postura clara al respecto. Habría que ponerse las pilas: también de Rusia saldrán refugiados. También en Rusia hay gente que amaba su libertad.

Leía también un amplio reportaje sobre el efecto de las sanciones en los niños rusos. Empieza de esta forma: "Los pañales están desapareciendo por completo de los estantes de las tiendas rusas. La fórmula para bebés, los purés y los cereales se están disparando de precio. Esas cajas con Lego multicolor que todavía veis solas en Detsky Mir son las últimas, ya que no quedan en los almacenes y el fabricante danés ha detenido las entregas a Rusia. La ropa de bebé de H&M y ZARA Kids ya no está disponible, como tampoco los modelos para adultos".

Leer el 'Novaya' es una forma estupenda de ver cómo los boicots occidentales afectan a rusos del todo inocentes. Y para saber cómo está respirando allí la población: escriben desazonados los redactores sobre el auge nacionalista recrudecido, sobre las pocas perspectivas de cambio. Los espíritus liberales de Rusia están doblemente aislados, por su tirano y por nuestra respuesta.

Se han atrevido a alertar también del cambio repentino que el Estado ha introducido en las escuelas, destinado a llenar las orejas de los niños rusos de propaganda, según la cual Ucrania no existe y Rusia se está defendiendo de una amenaza mortal de Occidente. Y han escrito también sobre los profesores díscolos que, por negarse a impartir esa lección infame, están siendo castigados.

Censura esto, Putin

Una cosa que debería quedar muy clara a los que, por ejemplo en España, equiparan la propaganda rusa con la que hay presente en medios occidentales es esto: en Rusia solo hay propaganda, nada más. Salvo 'Novaya', ya casi no quedan medios de comunicación. El hecho de decir la verdad está penado. Dicho de otra forma, aquí Pablo Iglesias puede criticar a la OTAN tanto como quiera en su podcast, mientras que su homólogo ruso sería carne de gulag.

'Novaya' contó, por ejemplo, cómo el 4 de marzo la Duma introdujo la censura militar sin declararla. Por "difundir a sabiendas información falsa sobre el uso de las Fuerzas Armadas rusas", los periodistas de noticias pueden recibir hasta 15 años de condena en los campos. El cuchillo pende de esta forma sobre las cabezas de este pequeño grupo de apasionados defensores de la verdad. Aquella noticia fría casi estaba escrita en primera persona.

 Desde entonces, el 'Novaya' ha ido informando del cierre del resto de medios críticos hasta quedarse prácticamente solo, más allá de algunos canales piratas o clandestinos que sobreviven en la internet encriptada. Así contaron el cierre de Ekho Moskvy, la única radio comercial que osó informar objetivamente del desastre bélico en el que se estaba empantanando Rusia:

 "El 3 de marzo (...) la estación de radio independiente más antigua fue liquidada por el voto de solo tres personas, en 15 minutos, sin una reunión con el equipo editorial. Aquí están los nombres de los que ahogaron el 'Echo': Yuri Alekseevich Kostin, presidente de Gazprom-Media Radio; Yulia Sergeevna Golubeva, directora General Adjunta de Gazprom-Media y presidenta de la Junta Directiva de Ekho Moskvy; Leonid Fedorovich Savkov es miembro de la junta directiva de Ekho Moskvy".

Ya lo veis: se atreven a señalar a los verdugos que se aproximan a ellos con cuchillos ensangrentados en las manos. Leo cada mañana el 'Novaya' con la duda de si seguirá funcionando cuando introduzca el link en el buscador. Es una luz que se apaga en medio de la tormenta. Las últimas verdades escurriéndose por las grietas diminutas de una pared compacta que se cierne sobre Rusia.

Rematan todos sus artículos con esta petición: "Todos los días te contamos lo que está pasando en Rusia y el mundo. Nuestros periodistas no tienen miedo de sacar la verdad para mostrártela. En un país donde las autoridades quieren prohibirlo todo, incluso decir la verdad, debe haber publicaciones que continúen haciendo periodismo real. Tu apoyo nos ayudará a seguir siendo una publicación de este tipo. Haga su contribución a la independencia del periodismo en Rusia ahora mismo".

Es un texto parecido al que ponemos los medios españoles en busca de suscriptores, solo que en este caso no es un texto comercial, sino la pura verdad.

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