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La izquierda festiva de Brasil vuelve de la mano de Lula (y amenaza con quedarse)

La polarización entre el fantasma del comunismo y una visión neoliberal en la economía e hiperconservadora en lo social marca la vuelta de Lula, favorito en los sondeos

Mundo El Confidencial 03 de abril de 2022
El expresidente Lula durante el 100 aniversario del Partido Comunista de Brasil. (Reuters-Ian Cheibub)
El expresidente Lula durante el 100 aniversario del Partido Comunista de Brasil. (Reuters/Ian Cheibub)

"¡Churrasco! ¡Parrillada!". Con este grito, que en el Brasil de la inflación galopante y del hambre que castiga a 19 millones de personas suena desde hace tiempo a utopía, el pasado 26 de marzo miles de simpatizantes recibían al expresidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en el Festival Rojo. La ciudad de Niterói, que desde el otro lado de la hermosa Bahía de Guanabara ofrece las mejores vistas de Río de Janeiro, celebraba por todo lo alto los 100 años de la creación del Partido Comunista de Brasil al ritmo del Samba del Trabajador, un grupo musical que ya estuvo en el ojo del huracán por hacer apología de Lula durante una presentación en vivo, el pasado mes de enero.

Durante 48 minutos, el que fue el presidente más popular de Brasil, con un 87% de aprobación en 2010, se mostró incombustible. En el escenario futurista del Camino Niemeyer, diseñado por el mismo arquitecto que idealizó Brasilia, Lula atacó al actual mandatario de ultraderechas, Jair Bolsonaro, a quien tildó de "fascista" e "psicópata". También evocó los casos de corrupción que salpican al hijo senador, Flávio Bolsonaro, y criticó la política económica del Ejecutivo, especialmente en relación a los precios de los combustibles y de los alimentos. Prometió "abrasileirar" las tarifas en Brasil, es decir, desvincular el precio del petróleo del dólar, "para que todo el mundo pueda volver a comer un 'churrasco' los domingos".

"En la época de Lula todo era mejor. Comíamos carne varias veces por semana. Mucha gente se compró un coche, incluso los habitantes de las favelas. Había prosperidad y perspectivas de mejora. Este Bolsonaro es una desgracia. Estoy deseando que vuelva Lula para devolvernos la dignidad", señala Jonathan, vendedor ambulante. "Nuestro 'papá' tiene que regresar. Es el mejor político que ha tenido Brasil. Solo él puede sacarnos del agujero del pozo al que caímos hace seis años, desde el impeachment de Dilma Rousseff", remarca Tania, profesora de instituto.

"Brasil feliz de nuevo" es uno de los lemas de esta larguísima precampaña del fundador del Partido de los Trabajadores (PT) que, dicho sea de paso, todavía no ha formalizado su candidatura para las elecciones presidenciales de octubre. Algo que no le impide actuar como presidenciable, ya que es el claro favorito en todos los sondeos, con un 43% de intención de voto. La gira de Lula por Río de Janeiro, el feudo electoral de Bolsonaro, ha sido una mezcla de comicios al más puro estilo 'petista' y trabajo fino en los bastidores para tejer alianzas políticas.

En forma y enamorado

Quizás el reto principal haya sido demostrar al pueblo que, a pesar de sus 76 años, todavía está en plena forma. "Lula paz y amor", como lo definen algunos, no pierde la ocasión para desenfundar como una lanza mágica su discurso de conciliación, alejado de la rabia y del resentimiento que se esperarían de un presidente que fue encarcelado durante 580 días por corrupción y posteriormente absuelto de todas las acusaciones. El sindicalista más famoso de América Latina está enamorado. No para de repetirlo en todas las entrevistas. Pretende incluso casarse con Janja, una socióloga de 55 años que le acompaña en todos los actos. "Dicen que el hombre que va a vivir 120 años ya nació. A lo mejor soy yo. ¿Por qué no? Janja, te aseguro que vas a tener a Lula durante muchos años", gritó con entusiasmo desde el escenario del Festival Rojo, en cuanto un grupo de batucada resonaba desde la platea.

Cinco días después, Lula repetía gran parte de este discurso en el auditorio de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (Uerj), repleto de banderas rojas y de jóvenes chorreando de sudor en el asfixiante otoño tropical. En el recinto, había muchas camisetas con la frase "Make Brasil 2002 again", en referencia a la época de la primera victoria de Lula, que apareció al lado de la expresidenta Dilma Rousseff. Para las malas lenguas, es un incómodo cadáver político que debería ser escondido. Lula, en cambio, hizo gala de coherencia y lealtad, y se recusó a enterrar el que es considerado su mayor error político: la sucesora que no supo negociar con los poderosos partidos del Parlamento y que fue alejada del poder pocos días después del cierre de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

"Voy a repetir lo que dije cuando dejé la presidencia de la República, el 31 de agosto de 2016. Dije que regresaríamos y que la cosa no se quedaría así. Quiero decirles que estamos de vuelta. Estaremos en las calles defendiendo la reconstrucción de Brasil. El reconocimiento de la inocencia del presidente Lula nos permitió volver a tener una alternativa en el campo de la defensa del pueblo de este país", declaró Dilma emocionada en la Uerj.

En el escenario también estaban la vicepresidente primera de España y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, y el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, ambos invitados de honor en el 'Primer Encuentro Internacional Democracia e Igualdad', un evento organizado por el Grupo de Puebla, que reunió a grandes nombres de la izquierda latinoamericana y española en Río de Janeiro.

Yolanda Díaz se ha convertido en el ojito derecho de Lula desde que consiguió el reto casi imposible de derogar la reforma laboral aprobada por el Partido Popular en 2012. En más de una ocasión, el líder de la izquierda brasileña ha manifestado su intención de hacer lo mismo, si llega al poder, con la reforma aprobada por el expresidente Michel Temer en 2017 que, por cierto, estaba inspirada en la reforma española.

La simpatía entre los dos es inevitable. Yolanda es hija de un conocido sindicalista, Suso Díaz, que militaba en el PCE en la clandestinidad y fue Secretario General de Comisiones Obreras en Galicia. "Mi padre incluso tiene la misma edad de Lula. Cuando me marché a Brasil, le mandó este recado: si hace falta, voy a Brasil a ayudarle en la campaña", reveló la ministra de Trabajo en Río de Janeiro. El propio Lula pidió a Yolanda que hablase ante un público integrado por jóvenes estudiantes y seguidores fieles del PT. "El único que puede volver a hacer, como hicimos en España, la recuperación de los derechos para los trabajadores es Lula da Silva, y lo hará en cuanto vuelva a ser presidente. Adelante que sí, podemos", pregonó la ministra, que con su energía y elegancia dejó un rastro de admiración.

 "Conocí a muchos presidentes, pero el presidente que más se preocupó por los pobres, por los más humildes, fue Lula. Es el político al que más escuché hablar sobre lo que representa el hambre", destacó Zapatero a continuación. El expresidente del Gobierno abrió el ciclo de conferencias con una firme condena de la guerra de Ucrania. Acto seguido, destacó la importancia de luchar contra todo tipo de discriminación, especialmente contra las mujeres. "Por lo que representa para una sociedad de personas iguales y democrática, la lucha a favor de la igualdad de las mujeres representa para mí el primer presupuesto de un proyecto progresista profundo, audaz y corajoso", siguió.

Lula quiso reivindicar el simbolismo de la bandera de Brasil, que desde las protestas anti-Dilma de 2015 se ha vuelto la seña de identidad de los conservadores. "Bolsonaro es tan frágil, tan estúpido, que como no tiene partido, y el partido en el que está no tiene bandera, ni música ni manifiesto, se apropió de la bandera de Brasil. Sin embargo, la bandera de Brasil y los colores verde y amarillo no son de este fascista, pertenecen a los 213 millones de brasileños", afirmó Lula.

Quizás uno de los momentos más emocionante de este encuentro de la izquierda latinoamericana, en el que también estuvo el expresidente de Colombia, Ernesto Samper, fue protagonizado por Aloizio Mercadante, cofundador del PT y exministro en los dos Gobiernos de Lula y Dilma Rousseff. Mercadante quiso recordar a todos las personas presentes en la sala que perdieron a algún familiar durante la dictadura, como el cineasta y político Marco Antonio Enríquez Ominami, cuyo padre fue asesinado en Chile.

"El padre de mi yerno también fue asesinado. Él nació en la cárcel y lleva 40 años buscando el cuerpo de su padre", señaló a punto de romper en llantos. "Yo pasé buena parte de mi vida conviviendo con estas historias, con los gritos de la tortura, con las cicatrices de quienes salían de la cárcel. Bolsonaro, este torturador, va a acabar en la basura de la historia. Vamos a levantar la democracia en este país. No va a haber vuelta atrás", gritó mientras el público entonaba un "Fuera Bolsonaro".

Amigo y compañero de luchas de Lula desde hace 45 años, Mercadante destacó que acredita en su compromiso de luchar contra el hambre. "A diferencia de los otros políticos que ven las penurias del pueblo desde la ventanilla de un coche, para Lula el hambre ha sido una experiencia de vida que le ha marcado profundamente. Podéis estar seguros de que va a luchar contra el hambre desde el minuto uno de su Gobierno", dijo el hombre que podría convertirse en su jefe de la campaña.

El miedo a un Trump 2.0

El exministro también alertó sobre la posibilidad de que Bolsonaro no respete la democracia y no reconozca el resultado electoral, en caso de una victoria de Lula. Por esta razón, pidió ayuda a Zapatero, que ha ejercido el papel de observador electoral en varios países latinoamericanos. "Zapatero ha sido la gran voz en el campo progresista y democrático de América Latina en la Unión Europea. No hay ni una lucha en América Latina con la que no se haya mostrado solidario", dijo Mercadante, que también es coordinador del Grupo de Puebla.

Su apelación no ha sido baladí. Bolsonaro se ha pasado el año 2021 atacando la legitimidad del voto electrónico y amenazando con suspender las elecciones si no se vuelve al voto de papel, algo que no puede hacer según la Constitución de 1988. Por esta razón, ha sido investigado por la máxima instancia judiciaria del país. Tras un breve periodo de calma, el excapitán del Ejército ha vuelto a atacar las urnas electrónicas. "Podéis estar seguros de que, en las elecciones de 2022, los votos serán contados en Brasil. No serán dos o tres que decidirán cómo serán contados estos votos", dijo recientemente en un acto político en alusión a los jueces de la Corte Suprema y del Tribunal Superior Electoral, que durante el último año han resistido a sus embestidas con las leyes en la mano.

Con la popularidad a la baja y 17 puntos por debajo de Lula en los sondeos de precampaña, el actual mandatario empieza a dar señales de nerviosismo. Hace poco, intentó censurar a los artistas que pidieron el voto para el PT durante el famoso festival de rock alternativo Lollapalooza. El cantante drag Pabllo Vittar llegó a exhibir una bandera con el rostro impreso de Lula. Finalmente, el juez Raul Araújo, del Tribunal Superior Electoral, que había sido acusado de censurar las manifestaciones políticas de los artistas y del público, optó por correr un tupido velo y archivar el caso.

La verdad es que Lula pasó como un huracán por Río de Janeiro en la misma semana que su archienemigo, el juez de la Operación Lavajato, Sérgio Moro, que le encarceló en 2018, anunciaba que renunciaría a concurrir en las elecciones presidenciales. Con un 8% de preferencias, Moro es visto como un candidato sin preparación, ni carisma. Todavía no está claro si Brasil va a ver el duelo entre estos dos contrincantes en el plató de una televisión. Tras dar marcha atrás, Moro, que fue ministro de Justicia de Bolsonaro, parece haber cambiado de idea y ha anunciado que pretende seguir en la contienda electoral.

Faltan seis meses para unos comicios que estarán marcados por la polarización entre el fantasma del comunismo y una visión neoliberal en la economía e hiperconservadora en lo social. Con el menguar de la pandemia y el protagonismo inesperado de la guerra en Ucrania, Bolsonaro comienza lentamente a remontar en las encuestas. Los analistas políticos más avezados aseguran que es muy pronto para que Lula cante victoria. La excitante trama política de Brasil, a menudo contaminada por una especie de esquizofrenia tropical, todavía puede reservar muchas sorpresas.

Pero pase lo que pase el 2 de octubre, hay un dato objetivo: la izquierda festiva de Brasil ha vuelto ha ocupar las calles con su batucada, su alegría y su deliciosa e insoportable levedad del ser. Una parte de Brasil quiere "volver a ser feliz" y a comer carne a la parrilla de la mano de Lula. Los próximos meses serán decisivos para saber si el país más poderoso de América Latina gira a la izquierda, siguiendo la estela de Chile y Argentina.

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