497547075dj

"Odiamos a los rusos desde el 36": cómo Putin se convirtió en un blanco demasiado fácil

¿Por qué nos caen mal los rusos? De la Guerra Civil a las películas de Rambo. Del oro de Moscú a la invasión de Ucrania. De Rocky a Drago. Hitos y disparates culturales de nuestro odio a los rusos

General El Confidencial 12 de junio de 2022
Vladímir Putin. (EFE-Alexey Druzhinyn)
Vladímir Putin. (EFE/Alexey Druzhinyn)

Llevamos cinco meses de 2022 y Alemania ya ha liquidado su política de no intervención militar (vigente desde la caída del nazismo), Europa ha descubierto que su adicción al gas ruso era nociva, el dueño del Chelsea ha sido expulsado del Reino Unido y un presidente de Ucrania ha intervenido en el Congreso español para cagarse en Porcelanosa…

Estamos, por tanto, ante un arranque de año histérico por imprevisible. Afortunadamente, también han pasado cosas previsibles que remiten al confortable sosiego de lo conocido: el 'revival' de la rusofobia. En efecto, los rusos vuelven a ser nuestros villanos favoritos, y uno no puede evitar que le embargue la nostalgia, como si su grupo ochentero preferido regresara para tocar en el Mad Cool. Las brigadas internacionales, John Rambo, Rocky Balboa y Vladímir Putin. Breve historia cultural de la rusofobia.

El quinto regimiento

Así era Madrid en la segunda mitad de 1936 según el bando nacional: hegemonía del Partido Comunista y de la URSS. Checas. Quinto regimiento. Brigadas Internacionales. "Todos estos elementos, convenientemente aireados por los huidos de la capital en unos textos con un estilo cercano al tremendismo y la exageración, contribuyeron a la conversión de la capital en Madridgrado, en una sucursal de Moscú a orillas del Manzanares", cuenta Fernando Castillo, autor del ensayo histórico canónico sobre la materia: 'Los años de Madridgrado'.

“La creación del concepto Madridgrado, de gran éxito entre los sublevados, se le atribuye (sin confirmar) a Queipo de Llano. Esta narrativa se recrudeció a partir de noviembre del 36; al fracasar la toma de la capital por parte de las tropas franquistas, se empezó a decir que Madrid ya no era una ciudad española sino soviética: Madridgrado”, aclara Castillo.

          "Se empezó a decir que Madrid ya no era una ciudad española sino soviética: Madridgrado"

Francisco Camba describió así la llegada de las Brigadas Internacionales a Madrid: "Ojos azules, grises, negros. Negras greñas. Cabelleras rubias. Hombres en correcta formación, bien calzados, equipados magníficamente con la mochila a la espalda y el fusil al hombro (...) Hasta la cárcel llegaba el griterío. '¡Los rusos! ¡Los rusos!". En efecto, aunque las Brigadas Internacionales estaban compuestas por voluntarios de decenas de países, para los nacionales eran el "Ejército ruso": "Estas fuerzas se consideraron uno de los elementos más señalados de la intervención extranjera, eufemismo que señalaba a Rusia, y de la sovietización de Madrid, exagerándose su magnitud hasta extremos insospechados", según Castillo.

Miedo y asco de la España nacional hacia todo lo que oliera a soviético. ¿La edad de oro de la rusofobia en España? Habla Castillo: "Rusia y España tuvieron una relación cultural fluida durante el siglo XIX. Todo cambió con la Revolución de Octubre, cuando se empezó a identificar a Rusia con el comunismo. Odiamos a los rusos sobre todo desde el 36, pero yo no hablaría tanto de rusofobia como de fobia a lo soviético. La rusofobia de la España sublevada del 36 era sobre todo anticomunismo”. La rusofobia del Hollywood de los ochenta, también.

Cabrear a Chuck no es buen negocio

¿Cómo describir con cuatro palabras brutales el cine de acción de la era Reagan? Ruso bueno… ruso muerto.

Los grandes taquillazos de acción de los ochenta son tan transparentes que hasta un niño podría hacer una tesis gramsciana de 4.000 páginas sobre su imaginario. Durante la legislatura del demócrata Jimmy Carter (1977-1981), ninguna película de acción de Hollywood tuvo como antagonista a un ruso-malvado-comunista. Ninguna. El cine americano estaba aún enfrascado en los relatos críticos sobre su propio país. Por contra, en el 62,5% de los filmes de acción del segundo mandato de Ronald Reagan (1985-1989), el malvado fue un ruso-rojo-peligroso, según la tesis 'El impacto de la presidencia de Reagan sobre el Hollywood de los ochenta', de Samuel E. Rossi (Universidad de Ohio).

En 'Rocky 4', Rocky Balboa (Sylvester Stallone) se enfrentaba a un boxeador llamado Drago (Dolph Lundgren), mole comunista de los pesos pesados en cuya espalda podría aterrizar un Boeing 747. Rocky versus Drago, combate a cara de perro en Moscú.

A este gigante ruso le mandó Rocky Balboa al hospital.A este gigante ruso le mandó Rocky Balboa al hospital.

Al final de la película, tras tumbar al intumbable Drago (para sorpresa de nadie), Rocky lanzaba un emotivo discurso al ya no tan hostil público moscovita:

“He venido aquí está noche y no sabía qué pasaría. He comprobado que muchos me odiabais, aunque supongo que vosotros tampoco me gustabais. Pero durante el combate, lo que sentíais por mí y lo que yo sentía por vosotros ha cambiado. Aquí arriba había dos hombres matándose entre ellos, pero mejor dos que 20 millones... Lo que quiero decir es que si yo puedo cambiar y vosotros también, ¡todos pueden cambiar!”. Y el pabellón soviético —presidido por un doble de Mijail Gorbachov— se venía abajo. ¡Roooocky! ¡Roooocky! Balboa, Balboa, Balboa es cojonudo, como Balboa… ¡Basta!

¿Estaba llamando Rocky 'sutilmente' al deshielo nuclear y a la reconciliación entre bloques? Correcto, pero hay un PERO: lo hacía justo tras abrir la crisma a su antagonista soviético, en una deliciosa argucia reaganiana. Resumiendo: estamos a favor de la paz en el mundo, faltaría más, PERO siempre y cuando ganemos antes la guerra...

“Al tiempo que aumentaba el gasto militar, Reagan llamaba a evitar el uso de armas nucleares. El monólogo final de 'Rocky 4' refleja muy bien esa retórica reaganiana. En el filme, los sentimientos antisoviéticos y anticomunistas se comunican vía enemigo intimidante y esencialmente malévolo. Pero al final, como hacía Reagan, el énfasis se pone en la coexistencia”, cuenta Samuel E. Rossi.

Sigamos ahora con el otro gran guerrero ochentero de Stallone: John Rambo. Escrita por el canadiense David Morrell en 1972, 'Primera sangre' fue la violenta, trepidante y extraordinaria novela fundacional del personaje de Rambo. Contaba la historia de un desaliñado veterano de Vietnam que volvía a EEUU con gran resentimiento hacia la jerarquía militar de su país. Aunque arrancó ciñéndose al personaje original, su saga cinematográfica, lanzada en pleno furor reaganiano, acabó derivando en otra cosa: Rambo, de inadaptado social a máquina de matar rusos al servicio del Tío Sam.

“Muchos de estos filmes tomaron sus claves temáticas de los discursos de Reagan, los ajustaron al formato cinematográfico. Mientras oíamos a Reagan demonizar a los rusos en sus discursos, veíamos a Rambo combatir contra ellos. Las similitudes entre la retórica de Reagan y las acciones de Rambo hicieron posible que las masas los equipararan”, asegura Rossi.

Nada comparable, no obstante, a 'Amanecer rojo' (1984), que si bien no fue el 'hit' de 'Rambo' y 'Rocky', destrozó más de un cerebro ochentero con su pulsión anticomunista. La película de John Milius, aguerrido coguionista rojipardo de 'Harry el sucio' y 'Apocalypse Now', contaba la invasión soviética de una bucólica población estadounidense, en la que los adolescentes se enfrentaban al peligro rojo. Como un 'remake' de 'Los Goonies' de Iván Espinosa de los Monteros.

Otra desahogada serie B fue la indescriptible 'Invasión USA' (1985), en la que unos terroristas soviéticos intentan conquistar militarmente EEUU... y chocan con el factor Chuck...

En efecto, un Chuck Norris armado hasta los dientes (y especialmente malhumorado, incluso para sus estándares) paraba los pies a los rusos con su habitual falta de tacto. "Entonces, la URSS estaba causando problemas en todo el mundo. Simplemente eran los villanos que la gente entendía", contó en su día James Brunet, guionista de 'Invasión USA'.

Breve luna de miel

¿Qué pasó entre 1936 y finales del siglo XX? Que de la famélica legión pasamos a los rusos vestidos de Gucci, quizá con negocios algo turbios, pero con pista de aterrizaje en el yate. Si al Madrid del 36 se lo llamó Madridgrado, al Londres del siglo XXI se lo llamó Londongrado por su fascinación con los oligarcas rusos. Entre Madridgrado y Londongrado había un abismo cultural. Del miedo al comunismo, se pasó a la disolución de la rusofobia tras la caída de la URSS. Empezaba nuestra breve luna de miel con los rusos.

En efecto, los años anteriores y posteriores a la llegada de Putin al poder, Rusia pasó de villano favorito de Hollywood a canallita 'cool' para Occidente, con su mercado libre asalvajado (era Yeltsin), sus inversiones millonarias en Londres y un 'soft power' que lo mismo llevaba a estrellas de Hollywood a Moscú a cortejar a Putin que encartaba (a precio de beluga) suplementos propagandísticos ('Rusia Hoy') en 'El País' (y otros periódicos internacionales de referencia).

Occidente empezó a ver a los rusos como aliados liberales en potencia. Los rusos ya no eran tan malos, invertían dinero fresco en Occidente y distribuían gas a gran escala. La democracia de Putin quizá fuera un poco brusca, pero eran sus costumbres y había que respetarlas… ¡y hasta alabarlas! 'Time' eligió a Putin persona del año en 2007. El sobrio estadista.

En esos años, y no por casualidad, los villanos rusos disminuyeron en las películas hollywoodienses, dando paso a norcoreanos chalados, terroristas descerebrados y yihadistas de cartucho fácil.

 "Película tras película, vemos a Rusia como un Mordor puro y duro"

“No veremos muchos tipos malos rusos o chinos en la próxima década, así que vivan los norcoreanos y los terroristas rebeldes”, indicó la productora Lydia Obst con ironía en 2013. No era un simple cambio inconsciente de Hollywood: el contexto industrial estaba cambiando: Rusia y China habían abierto sus salas al cine occidental, ya eran una parte suculenta de la tarta hollywoodiense, no tenía sentido hacer películas con rusos y chinos malísimos si lo que queríamos es que rusos y chinos buenísimos fueran a verlas.

"Comenzaron a aparecer personajes rusos 'amables' interpretados por actores rusos reales como Vladímir Mashkov en 'Misión imposible: protocolo fantasma'. Norcoreanos y terroristas acaparaban los estereotipos de malvados, pero la anexión de Crimea por parte de Putin puso fin a todo eso", contó Michael Idov, cineasta estadounidense de origen letón, en 'Los Angeles Times'.

Tras la invasión de Ucrania en 2022, Londongrado entró en crisis, generando escenas geopolíticas 'chanantes': el presidente ruso del Chelsea (Abramovich) expropiado por un Boris Johnson disfrazado de Hugo Chávez durante cinco minutos.

Occidente se había hartado otra vez de Rusia. Primero, veto en Eurovisión, donde Rusia fue doblemente humillada con la victoria emocional de la canción ucraniana, cuyo voto masivo popular quizás impidió que España ganara el festival por primera vez en medio siglo. El veto a artistas, deportistas y notables rusos ha sido masivo en toda Europa. No queremos verlos ni en pintura. Sin grandes matizaciones. Con la rusofobia en máximos desde la Guerra Fría, la Filmoteca de Andalucía canceló la proyección de 'Solaris', de Tarkovski, por la "delicada situación mundial". El Teatro Real canceló al Ballet Bolshói. De ese nivel de paranoia y celo hablamos.

La vieja nueva ola

Insistimos: la pasada década, Hollywood casi pone a un ruso o a un chino a protagonizar un 'remake' de '¡Qué bello es vivir'!' —cualquier cosa con tal de conquistar nuevos mercados—. Pero la fiesta acabó cuando Rusia colisionó con Ucrania (2014) y volvimos a achicharrar a rusos en pantalla con Putin como fuente de inspiración.

“Ver lo ruso como sinónimo de putinismo ha mantenido vivo el estereotipo. Película tras película, vemos a Rusia como un Mordor puro y duro (véanse los infiernos carcelarios casi idénticos de 'Viuda negra' y 'Alerta roja’ en 2021), o como el lugar de nacimiento de oligarcas groseros (una obsesión particularmente británica: 'Tenet', en 2020) o como simpáticos asesinos ('Gorrión rojo' (2018), 'Anna' (2019), 'El regreso de la espía' (2022), 'Viuda negra' de nuevo). Esto deja a una gran comunidad cultural [eslava] dentro y fuera de Rusia, preguntándose si hay alguna esperanza de representar lo ruso más allá de los malvados del cine de género", según Idov.

 "Para el auge actual de la rusofobia, no ayuda que Putin sea un excoronel de la KGB"

Los estereotipos cinematográficos del ruso malo, por tanto, ni se crean ni se destruyen, solo se transforman. "Antes eran espías, militares o revolucionarios comunistas, que decían 'camarada' y llevaban gorros 'ushanka', de esos con orejeras. Ahora son mafiosos, oligarcas, 'hackers' o villanos de cómic, con un grueso acento tipo Borat y un problema importante con la bebida. No hay excepciones. Si son mujeres, se trata de bellezas fatales, malas y superficiales. ¿Has visto alguna película en la que aparezca un ruso leyendo un libro, yendo al teatro o haciendo algo civilizado? Pues eso", escribe Rafael Eguiguren, experto en resolución de conflictos.

Preguntamos a Eguiguren por qué el estereotipo del villano ruso ha sobrevivido a tantas épocas diferentes. "Hay varios factores. Por un lado, la combinación de nuestra ignorancia sobre el mundo eslavo permite la perpetuación de un estereotipo, porque no hay información que contradiga el estereotipo actualizándolo. Por otro lado, tras el final de la Guerra Fría, Occidente dijo que buscaba un entendimiento con el pueblo ruso, pero la desconfianza entre rusos y occidentales se ha mantenido —y con ella, el interés en mantener el estereotipo—. Finalmente, la llegada de Putin al poder en 2000, con sus formas que corresponden al estereotipo, lo han reafirmado en nuestras mentes (por mucho que sea solo una persona)".

En definitiva: Putin no solo es el villano cinematográfico perfecto, sino que su maldad es extrañamente familiar: tras años de fantasías hollywoodienses con rusos insondables desencadenando el caos mientras acariciaban gatitos, ha llegado Vladímir Putin, un villano de ensueño para James Bond, que lo mismo te envenena con polonio que te monta la Tercera Guerra Mundial. Nuestras fantasías más disparatadas sobre la maldad rusa se habían hecho realidad. ¡Cuidado con lo que deseas!

La enigmática sonrisa de Putin

"Que la rusofobia ha resucitado con Putin está fuera de toda duda, aunque el estereotipo del ruso malvado venga de lejos, del imaginario de las purgas estalinistas: una represión fría, maquinal, burocrática y sin empatía, como los villanos rusos en pantalla. Para el auge actual de la rusofobia, que Putin sea un excoronel de la KGB no ayuda”, cuenta Castillo.

 O la supuesta falta de empatía y simpatía rusas como viga maestra del estereotipo.

El cineasta Michael Idov ha establecido un sugerente paralelismo entre el malvado ruso hollywoodiense —"un tipo sin humor, frío e inescrutable"— y nuestra imagen de Putin: un tipo sin humor, frío e inescrutable. ¿De qué hablamos cuando decimos que Putin, como los villanos rusos en pantalla, no tiene ni humor ni empatía? Hay mucha chicha cultural aquí.

Más allá de la geopolítica, Eguiguren cree que el humor, el carácter y el costumbrismo rusos también alimentan los prejuicios occidentales. "La barrera que crea el entendimiento distinto de la sonrisa rusa hace que las pocas personas que viajan a Rusia en periodos breves de tiempo vuelvan convencidas de que el estereotipo es real, y el malentendido cultural se perpetúa”.

¿Qué quiere decir Eguiguren con el equívoco de la sonrisa rusa? Que en Occidente tendríamos dos tipos de sonrisas. La 'espontánea': cuando nos reímos de algo gracioso o por afecto. Y la 'social': que utilizamos para adaptarnos, por ejemplo, a las costumbres oficinescas, aunque nada gracioso esté pasando.

Pues bien: según Eguiguren, los rusos tienen la sonrisa espontánea, pero no la social. El choque cultural está servido.

 "Nuestra ignorancia sobre el mundo eslavo permite la perpetuación del estereotipo"

 1) "Los rusos usan la sonrisa exclusivamente para reaccionar a algo divertido o expresar un afecto sincero, cuando se les acerca un desconocido con una sonrisa de oreja a oreja, no lo pueden entender. ¿Me he perdido algo gracioso? ¿Nos conocemos?... Te ven como una persona falsa, porque la sonrisa o es por algo o no puede ser verdadera... Hay un dicho que sabe cualquier niño ruso: 'Risa sin razón, signo de idiota'. Con este código interpretativo en la cabeza, los rusos piensan que los occidentales somos falsos y superficiales".

 2) "Mientras usemos la sonrisa espontánea, no hay malentendidos, pero cuando un occidental usa la sonrisa social —o un ruso no la usa cuando un occidental la espera— se malinterpretan mutuamente y acaban despreciándose... El malentendido es gravísimo, porque esa sonrisa social —falsa para ellos, imprescindible para nosotros— es lo primero que un ruso y un occidental ven en el otro… Y a menudo también lo último, tras una primera impresión nefasta. Los turistas occidentales vuelven a su país... y cuentan que los rusos son antipáticos, secos y bordes. Y de ahí a decir que no tienen sentimientos, solo hay un paso", escribe Eguiguren.

Recuerden: el robótico boxeador ruso de 'Rocky 4' no daba muestras de tener sentimiento alguno. Tenía menos empatía que una ameba y nadie le había visto sonreír nunca. Drago era "parte integral del estereotipo occidental sobre los rusos", cuenta el académico ruso Oleg Riabov en su estudio 'La máquina roja: deshumanización del enemigo comunista en el cine estadounidense de la Guerra Fría".

En resumen satírico: cuando vemos a Putin poner un rictus que no llega a sonrisa forzada, no pensamos que su problema sea que los rusos ignoran la sonrisa social; lo que pensamos es que Putin tiene cara de querer aniquilarnos a todos. Así están las cosas.

Te puede interesar